miércoles, 11 de marzo de 2015

ABEJA ROJA - Capítulo 2

2.

Había sido la última representación de ópera de la temporada. Todos los comensales charlaban entre unos y otros, cambiando de sitio a medida que los platos calientes se terminaban. Para cuando empezaron a llegar los postres ya había sillas vacías, gente de pie, risas y bromas, pero también alguna despedida de aquellos que cogían un avión de madrugada para volver a casa después de tanto tiempo.
Leo se despreocupó de su hermana e intentó saludar a todos y cada uno de los que allí estaban, a los que conocía por haber trabajado con ellos o bien por otras cenas como la de esa noche. Del mismo modo debía aprovechar para presentarse a los que veía por primera vez y podrían ser buenos contactos en su carrera profesional. La situación laboral estaba muy mal, y Leo llevaba ya varios meses sin trabajar. Así pues, con la excusa de llevar a Fran por primera vez a la ópera, Leo podía hacer relaciones públicas. Además sabía que su hermana era muy abierta y podría relacionarse con cualquiera, pues era una mujer capaz de seguir todo tipo de conversación. Miraba de vez en cuando hacia ella y Enrique, y, o bien les veía sumidos en dilemas trascendentales y serios, o por el contrario los hallaba muertos de risa.
Enrique era todo lo contrario a un divo, o tal vez estaba evitando parecerlo a la par que lo conseguía, pues parecía como si intentara pasar desapercibido. Estaba habituado a encontrarse con gente que al conocerle no tenía otro afán mayor que hablar de la obra que representara en ese momento, lo cual por una parte era normal, el público iba a verle por su trabajo, e intentaban aprender de su experiencia, conocer lo que sentía con sus personajes y que les firmara un autógrafo. Pero después de dos meses hablando siempre de la misma mujer, Carmen, que además no era la suya, sino la de un tal Bizet, se veía disfrutando de otra que nada tenía que ver con todo aquello, y eso no solo era diferente, sino que además le estaba entreteniendo enormemente. Sabía disfrutar de las novedades, como cuando se enfrentaba por primera vez a una partitura y debía hacer suyo un personaje con la mayor profesionalidad posible. Pero esta vez la novedad radicaba en que se sentía como un amateur en muchos de los temas que hablaba con Fran, y se mostraba feliz con una ignorancia infantil de la que hacía eco cada vez que ella explicaba cómo funciona una chimenea, o por qué el vapor de agua se podía usar para enfriar.
Por su parte, Fran, empezaba a agobiarse un poco. Le gustaba dar una explicación a lo razonable y también a lo menos razonable, y responder a las preguntas de quien pusiera interés por saber. Llevaban ya muchos minutos charlando sobre ingeniería y temas por el estilo que Enrique sacaba a colación. En parte Fran se sentía mal porque a ella no se le ocurría qué tipo de preguntas podría esperar un artista como Enrique sobre su trabajo. Fran era muy prudente y formal, a la vista de muchos, pero en confianza, podía acabar hablando de lo más inusual, como de sexo con un cura, del sabor de los mocos con su primo de seis años… e incluso de política con el perro de su abuela, a la vista de toda la familia. Como bien decía Leo, “Fran es un caso particular de libro abierto que no tiene miedo a enseñar sus páginas aunque haya fuego cerca”. Con Enrique estaba conectando muy bien. No podía decirse que hubiera suficiente confianza, evidentemente, pues en la realidad lo acababa de conocer. No obstante tenía ganas de divertirse con aquella inusitada compañía y se empezaba a plantear el escandalizarle con una pequeña muestra de la rebelde Paquita versus la correcta Fran.
- Enrique… - y quedó pensativa mirando al techo sin decir nada. Fran ya maquinaba el ataque. Una prueba que realizaba a aquellos que se excedían en atenciones con ella o pecaban de intentar ser perfectos.
- ¿Sí? – preguntó Enrique después de unos segundos.
Fran bajó la vista, le miró y negó con la cabeza:
- Nada, nada, olvídalo.
Ya había encendido la llama de la intriga en su acompañante. Nunca fallaba. Estaba claro que intentaba jugar a seducirle, a fin de cuentas era un hombre que le atraía, y sabía que era improbable que le volviera a ver. No iba siquiera a intentar besarle, ni mucho menos casarse con él, pero estaba a punto de caramelo para jugar un poco antes de irse a casa y dar por finalizada aquella experiencia teatral.
- No, dime – insistió Enrique - ¿Qué querías decirme?
- Nada, una tontería – y le sonrió colocándose el pelo hacia un lado y mostrando su cuello a Enrique disimuladamente.
- Venga Fran, ibas a decir algo…
- Que nada. Olvídalo – y suspiró.
- Bueno… - rio él. – Te estás quedando conmigo. A ver niña, tú ibas a decir algo y te has arrepentido en el último momento. Pero como soy un caballero… - hizo una pausa y siguió – voy a… - y se quedó mirando el techo, abstraído.
Fran que se encontraba en una postura coqueta y superficial para ella, atusándose el pelo con las dos manos a un lado de la cara, paró en seco y preguntó rotundamente:
- ¿Vas a qué?
- Nada, nada, olvídalo – rio entonces esta vez Enrique, bajando la vista de nuevo hacia ella.
- No, has dicho que vas a hacer algo, ¿el qué?
Hubo un silencio. Ambos se miraron con simpática desconfianza. Como en un concurso de a ver quién aguanta más tiempo sin pestañear, los dos empezaron a hacer gestos ridículos mirando al techo y bajando la mirada, intentando hacer reír al contrincante para conseguir que en una rendición éste declarase sus pensamientos sobre lo que significaba su “nada, nada”.
De repente se empezó a escuchar un tintineo. El director de escena de aquella obra intentaba llamar la atención haciendo chocar varias veces un tenedor con su copa de cristal.
- Un momento por favor, quisiera decir unas palabras – gritó desafinadamente bajo el efecto de la penúltima copa de cava.
Los asistentes a la cena fueron callándose progresivamente hasta conseguir un silencio absoluto, similar al que se propiciaba cuando se daban anotaciones en los ensayos.
Se trataba de un hombre calvo, con gafas y más afeminado de lo que Fran acostumbraba a ver en sus congresos. Tanto ella como Enrique dejaron de gesticular, y sin siquiera hacer ademán de verse pillados en un momento divertido, ambos prestaron atención rápidamente a las palabras de un acalorado y muy emocionado locutor.
Fran se dejaba llevar por las risas de los demás e imitaba la actitud de quienes escuchaban atentamente las palabras de aquel hombre, ya que en la realidad no encontraba la gracia a lo que decía, ni entendía los chistes sobre tenores y sopranos que tanto parecía divertirles a todos. Cuando estalló el aplauso de aquellos que hacía no mucho habían sido aplaudidos en escena, Leo miró a Fran con una sonrisa de oreja a oreja, buscando que ella hiciera lo mismo. Fran sonrió forzada y desconcertada e intentó disimular que no se había enterado de lo más mínimo durante aquellos largos diez minutos de expectación.
Enrique aproximó su silla a la de Fran, aprovechando que ésta estaba de espaldas a él prestando atención a su hermana. Se acercó muy despacio por detrás de ella y le susurró al oído:
- Si crees que “nada, nada” puede ser un tema comprometido para mí, estás muy equivocada.
Fran se sobresaltó con la proximidad de Enrique, e intentó disimular con un tosido nervioso, pero lo que no pudo evitar era el rostro sonrojado ante aquellas palabras tan cerca de su oreja.
Enrique se levantó y salió del restaurante sin decir nada. Fran no se giró. Normalmente tenía contestación para todo, pero empezaba a pensar que aquel hombre presumía de ser inofensivo sin serlo. ¿Y si él estuviese desenado jugar más que ella? ¿Y si ella era una novata frente a él? Era evidente que Enrique tenía que ser un hombre muy viajado, siempre actuando en distintas ciudades, y seguro que había seducido a cientos de mujeres. Fran había empezado aquel inocente juego de seducción, sutilmente, creyendo que Enrique tardaría en darse cuenta de ello, pero comenzaba a verse presa en una guerra más que en un juego. De hecho empezaba a pensar que tal vez quien lo había iniciado era aquel mismo hombre al antojársele sentar junto a ella. Ahora Enrique estaba solo, tal vez fuera del restaurante, tal vez… Aquella situación era tan tentadora, que Fran se lo pensó dos veces, pero solo dos. Tomó la marcha de Enrique como una invitación a seguirle, y con riesgo a equivocarse, se puso su pashmina por los hombros para salir a su encuentro.
Fran aminoró el paso al llegar a la salida del restaurante, podía ver a través de la puerta que Enrique estaba hablando por teléfono. Él, que la vio, sonrió y con la mano que tenía libre le hizo un gesto para que se acercara. Fran dudó por un momento, hasta que oyó que Enrique se despedía con un “cuídate, un beso” y colgó.
- Has tardado tanto, que a mi madre le ha dado tiempo a contarme cómo le ha salido la paella hoy y las raciones que se ha comido mi padre.

Fran sonrió pensando de alivio, pues se había arriesgado a escuchar una despedida mucho más romántica, que indicara que había otra mujer al otro lado de la línea, pero sin parentesco familiar. Se miraban a más de un metro de distancia, pero la sensación era de estar más cerca si cabe y de quererlo estar más aún. Solos y él más tranquilo que ella. La situación era interesante.




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