miércoles, 11 de marzo de 2015

LA CARRETERA



El vacío está lleno de palabras banales.
Las utilizamos para ocultar nuestro verdadero pensamiento y sobre todo nuestras carencias.
Vamos hablando del tiempo como quien dice.
Hablamos de música, de la gente que conocemos… pero en cada frase que pronunciamos hallamos la oportunidad de incorporar alguna palabra indirecta, que dé la opción de ser replicada, de ser entendida en otro sentido, que ponga a prueba nuestra perspicacia, nuestra elocuencia, nuestro sentido del humor, y por supuesto, nuestros deseos. Mas ninguno quiere ser el osado que empiece a lanzar dardos envenenados con el dulce néctar de la seducción, por si se vuelven contra uno mismo.
¡Qué larga es la carretera!
Tanto como el camino que nos separa cuando estamos cerca.
¡Cuántas curvas hay!
Damos tantas vueltas como nuestra cabeza al pensar cómo acercarnos.
¡Qué sombras tiene la noche!
Oscura como cada uno de nuestros pensamientos.
¡Cuántos árboles!
Y nos bastaría el tronco de uno para reposar nuestras inquietudes.
Se hace silencio, pero un silencio excitante.
Suenan las ramas de los árboles y el murmullo del aire que sopla refrescante y pausado.
Basta con una caricia para encender la noche, parar el tiempo y saber si queremos seguir el camino peligroso.
Las manos se confunden con el viento acariciando nuestro rostro.
La fuerza de unos brazos apasionados rompe la barrera inconfundible que separa el deseo de la mera curiosidad.
La respiración se agita y el corazón parece salirse del pecho.
Los labios se humedecen y los párpados se cierran.
El contacto de una mejilla con otra es la mejor referencia para saber hacia dónde hemos de ir.
Oímos otra respiración tan cerca, que notamos el aire que sale de la boca, excitando el resto de nuestros sentidos y alejando el de la razón.
La barbilla, celosa, se gira para atraer el roce de otros labios hacia sí, notando el tacto suave del camino que los separa de los nuestros.
Muy lentamente cada poro de la piel se altera, cada glándula de nuestra boca se prepara para hacer más jugoso el momento que ha de llegar.
La comisura de los labios se aproxima y sentimos cómo se filtra un hilo de aliento ajeno en nuestra respiración, y allí mismo dejamos un beso.
Pero el beso es móvil y sin darnos cuenta nos hayamos respirando ese aire cálido y denso que sale del otro, envuelto en torbellinos de pasión que las lenguas producen al compás de nuestros cuerpos.
Un pecho contra otro, enfrentados, luchando por conectar de la mejor forma posible las pelvis que se mueven irracionalmente acompasadas.
Las caricias se escapan de las manos, vuelan en torno a nosotros como fantasmas del bosque.
Los músculos se tensan en un intento de relajación imposible, y hasta los pies dejan de sujetarnos.
Nos mantenemos firmes pero enredados, levitando sobre nuestra realidad.
Visualizamos por dentro cómo se llenan las ganas de deshacernos de la ropa.
El deseo se escurre por nuestra piel calando la atmósfera.
Sudamos cordura y absorbemos desenfreno.
La fatiga del primer asalto nos puede y despegamos para mirarnos y comprender.
Al abrir los ojos veo luces que pasan a mi lado.
Otras, inmóviles, se van haciendo más grandes.
Estoy llegando a casa, pero el sueño no se acaba.
Retengo en mi mente cada segundo y me despido pensando en cómo será el próximo viaje.

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