jueves, 12 de marzo de 2015

UNA COPA DE VINO

Una copa de vino y me basta saber tu nombre, de dónde eres y a qué te dedicas, para desear que esa mano con la que tomas el caldo, sea la que sujete mi nuca antes de derramarme en tus labios. 

Cuando nuestras miradas se cruzan, las palabras fluyen sin sentido. Frases vagas que dejan aroma a dulzura. Tus pupilas dilatadas me estremecen. Me gusta lo que dicen y prefiero escuchar sordamente al resto de sentidos que me hablan entre sonrisas de tu deseo. 

Me desnudas sin saber que también yo te libero de la ropa con mi mente. Estamos conectados bajo el mismo pensamiento pero la duda existe, pues no hay gesto que dictamine coincidencia precisa. Ambos ocultamos la irracional atracción sexual detrás de la más clara dicotomía entre nuestros mundos.

Tu osada mano, por no tocar tan solo, se apoya sobre la mía cuando tu risa despistada te mueve a hacerlo, como un aviso de oportuno acercamiento, y bajo un suspiro que no ves siento en tu tacto una razón más para entregarme. Hasta que en tu última tentación por sentir mis dedos, estos se vuelven para sujetar los tuyos. Allí nace entonces el primer latido arrítmico de sensualidad que nos regalamos. 

Sentimos las pulsaciones al ritmo que marcan las ganas de un beso. Un pestañeo mío para tomar aire y uno tuyo para acercarte a mi mejilla. Notar el calor del roce de nuestros rostros bajo una noche fría y en la comisura de los labios sentir el aire cálido que los rodea. Cerrar los ojos y bajo un palio de estrellas sentir cómo ambos nos giramos depositando un suave ósculo. 

El silencio es melodía en nuestros labios. Del respeto al deseo dos besos, y otros dos para abrir la boca y entregarnos en un baile de carne húmeda que tensamos a modo de serpiente que conquista una cueva. Las lenguas se acarician y dejan en la saliva la idea caliente y extenuante de otras partes de nuestro cuerpo que queremos poseer. Allí donde no hay control y la temperatura sube derritiendo a su paso la razón, allí donde más tarde llevaremos las caricias y los besos, allí donde nos uniremos para sufrir juntos el sueño de estar despiertos para luego dormirnos entrelazados.

Detrás de nuestra armadura fiel de cada día dejamos ver la piel que ansiamos y nos tocamos bajo la ropa. Dibujamos el deseo cual niños que mezclan colores y se salen de las líneas marcadas. A pequeños empujones de vehemencia, apoyados, una vez tú, otra yo, en la pared, vamos dando vueltas como locos, asidos de nuestros cuerpos semidesnudos, camino de un blando lecho donde amarnos con más calma. 

Pero sin freno, sin pausa y con medida, la ropa escapa de nosotros y huye la timidez con ella, cayendo al suelo, donde no podremos alcanzarla, y a donde no volveremos a mirar. 
Mis piernas se abren para atraparte y rodear tu cuerpo en un abrazo de mantis. Tus piernas se enderezan y empujas hacia mi pelvis la tuya. Saboreas aún el vino de mis labios y repartes por mi cuello el sensual efecto de su embriaguez, mordiéndolo, en el último y certero movimiento de tu cuerpo que consigue atravesar el umbral de mis ganas por ser poseída. Entras en mi, invitado a quedarte.

Nos robamos el aire, regalándonos las caricias más íntimas. Tus manos sujetando mis pechos, notando cómo se mueven con un suave vaivén. Mis manos asiendo tus glúteos, para que no te alejes. Viajamos juntos, tomando caminos paralelos con el mismo destino. El clímax, que tan pronto parece que llega como se va con cada bocanada de aire, se hace desear, bajo unas súplicas calladas, escondido tras miles de sensaciones que nos invaden y se apoderan de nuestro cuerpo, clavándose en nuestra memoria para recordarnos que no hay vuelta atrás. Rezamos una sola oración eterna donde pedimos parar el tiempo y arder como pecadores en las llamas del mismo orgasmo.

Los segundos cruzan sin hacernos caso, y entre nosotros un tic tac de contrarreloj  nos pone a prueba para llegar a meta. Primero yo, dulcemente ahogada, me libero de toda tensión abrazándome a tu cuerpo y pariendo en un largo gemido el éxtasis de haber sucumbido. Es cuando recupero mi mirada tranquila y te sonrío, cuando tú arremetes contra viento y marea para desfallecer sobre mi cuerpo en un suspiro tenso con el que me llenas de un tibio y denso efluvio que se escurre entre los dos.

El abrazo en el que nos hayamos no halla palabras para definirse. Tan solo cerrar los ojos y mantenernos cerca, piel con piel, explica nuestro anhelo. 

Hacer el amor contigo ha bastado para querer saber algo más que tu nombre, de dónde eres y a qué te dedicas. 

Derramarme en tus labios sigue siendo el deseo que me aflora cada vez que te miro.
  

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