miércoles, 30 de septiembre de 2015

EL GRITO

         
           ¿Quién iba a pensar que acabaría en una jaula de leones? Los barrotes le impedían llegar a cualquier objeto de la sala. Las estanterías cubiertas de libros dejaban asomar de vez en cuando la fría piedra de una biblioteca abandonada. Solo hacía un par de horas que había dejado su coche averiado en la carretera. Se sentía triste por estar solo pero aún aparecía una sonrisa en su rostro cuando recordaba todas esas absurdas situaciones en las que había tenido miedo, y ahora, que incluso podía peligrar su vida, estaba resignado a que pasara el tiempo. Solo deseaba compañía, daba igual de qué tipo fuera, y la más amena había sido la de un ratón de campo que jugaba a esconderse en una roída alfombra que reposaba enrollada en el suelo de mármol.
            -No me gusta su carácter -resonó aquella voz que hacía poco le había ofrecido ayuda -. No me gusta su serenidad, muchacho.
            El joven no miró. Se había acostumbrado a la oscuridad y la luz que acompañaba a aquella voz gruesa le podía dañar. Se imaginó a aquel hombre con un arma en la mano, y no quería verlo, era un sacerdote, pero no se fiaba.
            -Míreme, atrévase. Verá ante sí a un hombre viejo. No puedo hacerle daño.
            El joven levantó la vista. Justo delante de él había una mirada triste y cansada que lo observaba. Había cambiado la sotana con la que le recibió al llegar a la iglesia, por un traje de chaqueta negro. No iba armado más que con una gran llave, aparentemente de la jaula en la que tenía encerrado al joven.
            -Mis cicatrices no son más grandes que las tuyas, hijo -dijo el anciano con un tono distinto al que había usado hasta el momento.
            El contacto visual había hecho que el trato fuera más humano y le tutease. El joven suspiró y no dijo nada. Tal vez escuchando comprendería el por qué de aquella situación. Debía tener paciencia, aunque eso molestase a su acompañante.
            -La herida más pequeña puede ser la que más duela si no se cura -prosiguió, y se sentó en una silla de terciopelo -. Tú no me conoces y me has pedido ayuda. Yo te prometo que haré por ti lo que desees, pero antes debes escucharme, y ayudarme.
            El joven no quería moverse. Asentir ante una propuesta como aquella suponía dejarse manejar, pero peor podía ser una negación. Tan solo esperó.
            -¿Ves esta llave? Tienes dos opciones para salir de aquí. Una es buena, pero la otra es mejor. En ambas yo abriré la puerta de la jaula.
            El joven se extrañó al oír aquellas palabras, y vio que el anciano sonreía. Lo que había dicho no parecía ser coherente pero seguro que tenía algún significado. Si abría la puerta se podría ir, luego ¿en qué se distinguía una opción de la otra?
            -No me gusta verte tan tranquilo, pues significa que no me ves ni me escuchas. Pero tampoco quiero darte miedo. Dime, hijo, ¿qué es para ti la muerte?
            Entonces el joven reaccionó.
            -La muerte no es -dijo -y no será.
            -¿No es? vale, puede ser, pero antes o después será -discrepó el anciano.
            -No será -alzó un poco más la voz  y bajó la cabeza para no mirar a su captor.
            El anciano posó la llave en el suelo. No parecía molesto, sino todo lo contrario, le agradaba ver que por fin el chico le escuchaba.
            -No dejes de mirarme hijo. Ahora estás preparado para entender.
            Se quitó la chaqueta y la colgó en el respaldo de la silla. Cruzó las piernas y los brazos y se dispuso a hablar tranquilamente como si lo hiciera en una charla entre amigos.
            -Solo con sentimientos se conoce y explica el mundo. Tú me has pedido un teléfono sin conocerme de nada, y has bebido un vaso de agua sin tener sed solo porque te lo he ofrecido. En unos minutos se ha nublado tu vista y has necesitado de mí para moverte. Es entonces cuando te he podido conducir hasta aquí sin que te dieses cuenta. Pero cuando me has visto de nuevo no me has preguntado. Supongo que hay algo que te hiere y que parece más fuerte que tú. Y por tu contestación... es la muerte. La muerte que no es ni será, ¿tu muerte?
            -Sí señor -se sinceró el joven.
            -Ya lo entiendo. Por ser, solo es lo que vivimos y será lo que vivamos.
            El joven se rió, nunca lo habría explicado tan bien. Sabía lo que sentía al haber perdido seres queridos, pero nunca lo había contado, y ahora parecía que alguien le entendía.
            -¿Qué quiere de mí? ¿Por qué yo? -preguntó el joven -. ¿Es eso lo que quiere oír?
            -Quiero escapar de la vida, y tú puedes ayudarme. Te daré la llave y podrás salir de la jaula. Yo entraré en ella y te pediré que te lleves dicha llave contigo. Es sencillo, ¿no crees?
            -Así le condenaría. No tendría alimento alguno. Morirá -contestó el joven asustado.
            -De eso se trata - sonrió el anciano -pero no sin entender el por qué.
            Se levantó, cogió la llave y la lanzó cerca del chico.
         -Puedes salir de ahí ahora mismo si lo deseas, o esperar a que te cuente mis razones para hacerlo como yo te digo. Debes elegir ahora.
            El anciano dio media vuelta y se acercó a una de las vitrinas de la biblioteca. Tomó un libro e hizo como si lo ojeaba, cuando en la realidad observaba los movimientos de cabeza que hacía el muchacho y que indicaban que estaba pensando para dar una respuesta.
            -Ya –contestó rotundamente -.Le escucharé.
            Aquel joven no tenía nada que perder. Saldría de todas formas de allí, y se dirigiría al pueblo más cercano para pedir ayuda y recoger su coche.
            -Me llamo Ricardo Bermellón de la Sal. Un día fui joven como tú, y me enamoré. No tenía miedo a nada. Podía enfrentarme a todo pero me tocó hacerlo con la nada, pues ese amor se fue. Estudié y ejercí de cura el resto de mi vida. Pero cada día pensaba en ella, cada día rezaba por ella, cada suspiro lo respiraba por ella. Hace unos meses leí su nombre en una lápida. En la misma aparecía grabada una frase: “El recuerdo lo es todo. R.B.S.”Reconocí al momento aquellas palabras  con las que me despedí la última vez de ella, y mis iniciales que la firmaban.
            El joven prestaba tanta atención que ya se había olvidado de la llave.
            -Encontré en esta iglesia olvidada un hogar para mi pena. Ahora solo quiero encontrarla. ¿Me vas a ayudar?
            El joven no daba crédito a lo que se le venía encima. Aquel anciano le pedía ayuda para morir. Estaba loco si lo hacía. Entendía poco de literatura pero conocía el amor imposible de Romeo y Julieta, que a su juicio era como todos los amores adolescentes, apasionados e irracionales. En cambio aquel hombre parecía culto, y había hecho los votos con Dios. Miró la llave que estaba cerca de él. Sentía la tentación de cogerla y salir corriendo, pero hacia dónde. Allí no había ventanas y la puerta de la biblioteca también estaba cerrada. Si usaba la llave moriría de hambre junto al anciano, y esa debía ser la opción buena para salir de la jaula. Si le ayudaba, este le diría cómo salir de la iglesia, pero dejaría tras de sí a una persona condenada a morir de hambre. Una persona cuyo nombre ya conocía y rondaría su cabeza durante toda la vida.
            -Le ayudaré – dijo el chico.
El plan sería el siguiente. Abriría la jaula y encerraría al anciano en ella. Este le diría dónde está la otra llave para salir de la iglesia. Se acercaría al pueblo y explicaría lo que le había sucedido aunque eso suponía romper su palabra, ya que el trato era llevarse la llave consigo y dejarle morir. Pero no le importaba. No podría cargar con la culpa de dejarle allí.
            El joven tomó la llave entre sus manos, abrió la cerradura de la jaula y salió de ella. El anciano se aproximó.
            -Gracias, hijo- y entró mirando las rejas con cara de satisfacción- la llave de esta biblioteca está en el libro que he dejado en la silla.
            El chico la cogió inmediatamente. Salió corriendo de la iglesia en dirección al  pueblo. Pero cuando tan solo había recorrido unos metros dio la vuelta, y regresó a la iglesia. “Para qué tanto rodeo si puedo ser yo quien le saque de allí” –pensó. Atravesó fatigado la puerta de la biblioteca que hacía un rato había abandonado convencido de estar haciendo lo mejor. El anciano le vio entrar y gritó.
            -No, no lo hagas, no lo entiendes.
Pero ya era tarde. La llave se mantenía sola en la cerradura de la jaula mientras el chico abría la puerta con las dos manos.
-¿Qué he hecho? –suplicó el joven cayendo de rodillas.
El anciano desapareció ante él envuelto en humo y todo quedó a oscuras. Desde dentro de la jaula sonó una voz gruesa.

            -El recuerdo lo es todo.


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