jueves, 15 de octubre de 2015

ABEJA ROJA - Capítulo 10

10.


            Fran soltó la mano de Enrique, se agarró la falda del vestido, subió a una piedra que estaba al lado de un muro y bajó por el otro lado de un salto a lo que parecía una especie de paseo asfaltado e iluminado. Enrique la siguió, con cautela y muy extrañado. Después de unos pocos metros fueron a dar a un jardín lleno de mesas y bancos de madera, posiblemente se trataba de un merendero. Al fondo les esperaba una casa de piedra iluminada y una gran chimenea. A través de una ventana se podía ver un gran ajetreo de personas vestidas de blanco que iban de un lado para otro. El ruido de metales y cacharros se podía percibir mejor a medida que se acercaban.
            Fran giró por un lateral de la casa:
- ¿Se puede saber dónde nos estamos colando?
- ¿Tienes hambre? – fue la respuesta de Fran.
- Pues… sinceramente sí, pero… yo tenía pensado…
            En aquel momento apareció delante de ellos un hombre corpulento, calvo y con cara de pocos amigos. Enrique se consideraba un seductor elegante que iba a lugares cívicos y con clase. Cuando debía vestir traje por algún evento en concreto que lo requiriera, aprovechaba a acudir a los locales más chic para cenar. Allí no desentonaba y combinaba a la perfección con la atmosfera glamurosa del lugar. Pero aquel hombre que había aparecido en medio de la oscuridad parecía un carnicero, con un delantal lleno de sangre y un paño blanco en la mano. El hombre misterioso se dirigió a Fran con decisión:
- ¿Reserva? – dijo, mirando de reojo a Enrique.
- No, no hemos reservado, perdone… - Intentó defender Enrique, mientras alternaba la mirada entre Fran y el supuesto carnicero. La respuesta era evidente, si hubieran reservado habrían ido por la entrada principal.
            Tanto el cocinero como Fran le miraron. Ambos sacudieron la cabeza como si no tuviera sentido lo que acabaran de escuchar. Entonces Fran contestó, mirando de nuevo al hombre de blanco:
- ¿Puede ser?
- ¿Aún podemos reservar entonces…? – Dijo Enrique.
            Fran y el cocinero volvieron a mirarle de nuevo. Fran se volvió hacia el hombre que con su gran tamaño tapaba casi toda la perspectiva del edificio que tenía detrás, y escondió su cara entre el pelo para que Enrique no la viera reír. El cocinero en cambio se mantenía serio y miraba a Fran con duda. Mientras ella se tapaba la nariz con una mano para evitar hacer ruido al reírse, intentaba serenarse y ponerse seria. Respiró profundamente un par de veces, se humedeció los labios y risueña se dirigió a aquel hombre para responder su última pregunta.
- Por favor. – Dijo asintiendo con la cabeza.
- Voy a mirar, esperad aquí.- Y se alejó unos metros hacia un cobertizo que había al otro lado del jardín.
            Enrique aprovechó para preguntar a Fran, susurrando aunque allí nadie más había que pudiera oírle.
- El taxi nos abandona en un bosque, nos colamos en una finca privada y nos asalta un… un… ¡Eso era sangre! ¿No lo has visto? – Pero Fran jugueteaba con las piedras del camino y sus tacones, sin hacer mucho caso al asustado Enrique que sumido ya en una risa nerviosa y mirando hacia el cobertizo seguía susurrando algo nervioso - ¿Qué es este lugar? ¿Se puede saber a dónde me has traído?
- Enrique… - se volvió Fran hacia él – ¿Quieres relajarte? Por favor, confía en mí…
            En ese momento el cobertizo se abrió y salió la gran figura con una caja en las manos. Pasó al lado de Fran y Enrique diciendo:
- Seguidme.
            Iba a paso ligero hacia el otro lado de la casa. Fran le seguía muy de cerca, y Enrique, un poco rezagado detrás de Fran, iba asomando la cabeza por las ventanas de la casa para intentar averiguar dónde estaban.
            Llegaron a una puerta lateral, posiblemente era de donde debía de haber salido aquel hombre cuando les sorprendió, pues era la zona menos iluminada del jardín. La puerta daba directamente a una gran despensa. Un poco más adelante fueron a dar a un cuarto en el que confluían tres puertas. Una batiente en la pared de la izquierda y otra batiente en la de la derecha. La tercera puerta era de cristal y permanecía abierta justo en la pared que estaba en frente de ellos, mostrando lo que parecía una pequeña salita de estar, con una decoración recargada que a Enrique le recordaba a la casa de su abuela, llena de adornos, cuadros, puntillas pegadas en las estanterías, con alfombras por el suelo… Dos hombres vestidos de negro cruzaron delante de ellos. Con el movimiento de ambas puertas batientes abriéndose y cerrándose Enrique pudo ver que una de ellas daba a una gran cocina, donde estaban aquellas personas de blanco que había visto antes desde el jardín. Se sentía perfectamente el ruido de cazuelas y ajetreo de personas de un lado para otro. En cambio a través de la otra puerta había podido divisar un comedor, todo forrado de madera, con grandes butacas y una chimenea en el centro. Parecía acogedor, y apenas se escuchaba el murmullo de los comensales. Una mujer, también vestida de negro,  salió de la cocina. Enrique se preparó para observar de nuevo el comedor cuando la camarera empujara la puerta. Pero en aquel justo momento una voz brusca le sobresaltó.
- Pasad – Dijo el hombre de blanco.
            Enrique, ya se había imaginado que se trataba de un cocinero, no de un carnicero. Giró hacia la derecha, para seguir a aquella camarera hacia el comedor que tanta curiosidad le estaba produciendo cuando notó que alguien tiraba de él hacia otro lado.
- Por aquí. – Dijo Fran, que le condujo al saloncito de la puerta de cristal.
            Se trataba de un pequeño cuarto con una modesta chimenea de leña. La decoración, rústica, no hacía nada de juego con Fran y Enrique que iban tan elegantemente vestidos. Fran se acercó a una cajonera que había debajo de una pequeña ventana. Abrió el primer cajón y rebuscó dentro, como si se encontrara en su propia casa, y lo cerró. Abrió el segundo cajón y entonces sacó un trozo de tela doblada de color blanco. Entretanto el cocinero había ido a la cocina y había hecho que uno de los camareros se presentara en aquella sala. Este vestía de negro y llevaba una botella de vino y un par de copas.
            Fran, todavía con la tela en las manos le vio y fue a saludarle.
- Ramón, no he podido avisar. Lo siento, yo…
- Nunca avisas, pero vienes. En cambio Leo… - Respondió él. – Tomad. – Y le dio una copa a Fran. Cuando iba a darle la otra copa a Enrique se quedó parado mirando a Fran, esperando algún tipo de presentación por parte de ella.
- Ah, ¡sí! Claro… Enrique, te presento a mi primo Ramón. - Enrique cogió la copa en su saludo, pendiente de la presentación que estaba haciendo Fran. Ramón era su primo, pero ¿quién era Enrique? Pronto lo comprobó – Y él es… - Fran dudaba, pues no era su novio, no era su amigo, o al menos no lo podía considerar como tal, prácticamente no le conocía ¿De verdad era necesario anunciar qué relación existía con la gente que conocía? – Él es Enrique. – Terminó por decir.
            Ambos hombres se miraron, sin un “hola” por parte de ninguno, sin un “encantado” de labios de nadie. Ramón miró hacia las copas y les sirvió el vino. Bebieron y tanto Ramón como Fran observaron la cara de Enrique esperando una opinión.
- Muy bueno, sí señor. – Dijo Enrique.
- Me quedo más tranquilo – Sonrió cómicamente Ramón, guiñándole un ojo a Fran.
            Ramón les dejó la botella en una pequeña mesa auxiliar. Fran apoyó allí también su copa. Enrique imitó su gesto. Fran extendió la tela blanca sobre una mesa de comedor que había cerca de la chimenea, que tan solo tenía unas pocas brasas. Era un mantel de algodón y llevaba bordadas unas olas de mar en una esquina. Fran, al ver a Enrique con las manos en los bolsillos y boquiabierto mirando los bodegones que colgaban de las paredes le dijo bruscamente:
- Hay que ganarse la cena.
            Fran iba indicando a Enrique dónde estaban los vasos y cubiertos, y juntos vistieron la mesa. Quedó una presentación más que decente, bajo una lámpara de ocho tulipas. Ambos se sentaron a la mesa, frente a la chimenea.
- Ramón, el camarero es tu primo, ¿eh? – Dijo dudando un poco del parentesco, pues tal vez fuera tan primo de ella como el conserje del auditorio de él - ¿Pero el cocinero quién es?
            En ese momento, el mismo hombre que les había acompañado hasta el interior de aquella casa asomó la cabeza por la puerta y preguntó:
- ¿Ya tenéis reserva? – Y se marchó. Fran no pudo evitar reír, pero sin que Enrique viera mofa en su gesto le dijo.
- Tinín se refiere al vino – Y dejó salir una pequeña carcajada.
- Claro, el vino.- Asintió con la cabeza Enrique. Sonreía y miraba a Fran con ojos de sospecha. Fran alzó un poco su copa invitando a Enrique a brindar y solicitando perdón por no haberle resuelto antes el malentendido. Enrique hizo chocar su copa con la de Fran y bebió, pero ¿a qué esperaban? Tenía hambre y curiosidad por el tipo de comida que le pudieran servir allí.
- ¿Carne? – Preguntó Tinín asomándose de nuevo por la puerta.
            Fran miró a Enrique, que asintió con la cabeza y con una sonrisa que reflejaba un “vamos a comer” respondió a su primo.
- Sí, carne.
            Tinín desapareció y casi al instante empezaron a circular hacia la mesa de Fran y Enrique, varios tipos de platos con verduras a la brasa, patatas con salsas, quesos… y una gran variedad de aperitivos, pero ninguno de carne. Ramón iba y venía con aquellas suculentas golosinas saladas mirando a Fran con una sonrisa y pero vigilando a Enrique de reojo.
- Fran…
- Dime, Enrique – respondió Fran mientras se llevaba un tomate cherry a la boca.
            Entonces apareció Ramón con una bandeja de costillas a la brasa aún humeando. La dejó frente a Fran y dijo.
- De parte de Tinín, deciros que hay que… - y Fran dijo a coro con él – empezar por las de abajo.- Y ambos echaron a reír. Tinín siempre avisaba que la carne que primero se debía comer era la que antes se había cocinado, pero Fran pocas veces le hacía caso y disfrutaba con su reprimenda saboreando la costilla que más quemaba, cogida de arriba del todo, aquella que parecía que aún chisporroteaba.
            Enrique esperó a que Ramón saliera de la sala para decirle a Fran, ya mucho más relajado:
- Gracias.
- De nada. Pero se te van a enfriar.- Respondió cortante Fran. No era momento de romanticismos.
            Según Fran, si se iba a comer, se comía, y más cuando se hacía en una parrilla como aquella. Era un lujo que Fran no podía permitirse habitualmente, por eso aprovechaba a ir a visitar a sus primos Tinín y Ramón al restaurante que estos habían heredado de sus padres, y ellos siempre la recibían con los mejores manjares y el mejor vino del que disponían. Normalmente iba con su hermana Leo, pero desde que esta discutió con Ramón, había acudido pocas veces y siempre sola. Aquella vez regresaba después de tres meses sin ver a sus primos y con una compañía masculina que parecía molestar un poco a Ramón. Pero Fran era una provocadora, así que la situación le parecía divertida y lo tenía todo controlado.
            Enrique, algo ya satisfecho con la carne, se limpió las manos y la boca, apoyó la servilleta en su rodilla, miró a Fran, le tomó de la mano, se acercó despacio a su cara y le dio un beso en la mejilla. Ramón que lo vio entró en la sala, se presentó delante de Enrique y con cara de pocos amigos le dijo:

- Acompáñame.


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