sábado, 10 de octubre de 2015

ABEJA ROJA - Capítulo 5

5.


Transcurridos cuarenta minutos empezaron los aplausos y las luces se encendieron.
- Voy a dar una vuelta.- Le dijo Fran a su Cristina. También ésta lo haría, pues allí había muchas caras conocidas para ella.
            Fran sorteó como pudo las piernas de los que aún permanecían sentados, musitando por lo bajo, con algo de fastidio:
- Poca prisa para sentarse y ahora no hay quien los mueva.- Pero mantenía una sonrisa falsa en su cara mientras pisaba los pies de los que ocupaban las butacas más próximas al pasillo.
            Una vez camino del hall Fran miró hacia atrás, hacia arriba, pero no había nadie de pie en toda la balconada, ya fuera porque hubieran salido como ella, o porque aún permaneciesen sentados y por eso no se les podía ver. Había dos escaleras, y se decantó por la que estaba más alejada de la barra donde servían vino español sin parar. Notó que al llegar a la primera planta estaba ya extasiada. Se sentía agitada por los nervios, y los tacones no ayudaban a avanzar con paso ligero. Paró unos segundos, tomó aire tranquilamente y se dispuso a subir hasta el segundo piso, esta vez más pausada y tranquila. Tampoco quería que Enrique la viera como si acabara de correr los cien metros lisos.
            Cuál fue su desilusión al ver que en aquella planta no había nadie. Eso sí, parecía una exposición de bustos. De uno en uno fue leyendo los nombres. No recordaba al lado de cuál debía esperar, pero estaba segura de adivinarlo cuando lo viera escrito. Cada nombre estaba grabado en una placa pequeña, a una altura que hacía que Fran tuviera que agacharse para poder leerlo. A medida que iba comprobando cada busto, iba mirando de vez en cuando hacia las escaleras y hacia el único pasillo que allí había. Cuando se llegaba por el quinto oyó una voz desde el pasillo que le dijo:
- No lo encontrarás.
            Fran se giró rápidamente y dejó las manos detrás de sí, como una niña buena esperando una aprobación. Delante de ella se encontraba Enrique vestido con un traje oscuro y una amplia sonrisa.
- El busto de Chapí no está aquí. Hace un mes alguien lo empujó sin querer y le rompió la nariz.
            Fran sonrió. Lo cierto es que cualquier cosa que Enrique hubiera dicho le habría hecho gracia en ese momento, pero dejó que él siguiera hablando. Enrique se acercó despacio y a cada paso iba diciendo:
- Negro… negro… negro… - y cuando estuvo delante de Fran dijo de nuevo - Negro, ¡qué sorpresa!
            Parecía que no había perdido las ganas de jugar, así que Fran respondió:
- De lejos es negro sí.
            Enrique dio un paso más, justo hasta colocar la puntera de sus zapatos rozando los estiletos de Fran. La miró a los ojos y dijo:
- Negro.
            Fran volvió a sonreír y echó la cabeza para atrás. No había nada que hacer. Enrique era un hueso difícil de roer cuando se ponía en ese plan. Entonces se apartó un poco y dándole la espalda señaló los bustos de la sala.
- Y dónde han llevado a tu amigo… ¿Chapí?
- ¿Te perderías la segunda parte del concierto por un hombre que no conoces?
            Fran no sabía si se refería a él mismo a al busto del músico. En ambos casos Enrique estaría con ella, así que la respuesta era clara:
- Espero que él lo merezca.
- ¡Ven! – Enrique la tomó de la mano.
            La colocó corriendo detrás de una columna y con un dedo en los labios le indicó que se mantuvieran en silencio. Oyeron unos pasos al fondo. La columna era muy ancha y podrían esconderse detrás de ella al menos cuatro personas, pero la sensación de peligro hizo que ambos se mantuvieran muy juntos, el uno pegado al otro, como si se tratara una situación de vida o muerte. No podían oír sus respiraciones, pero ambos las notaban, sin saber cuál era la de cada uno. Fran había quedado detrás de la columna con la cara pegada a ella. Una mano permanecía entrelazada a la de Enrique, y la otra apoyada en la propia columna. Enrique estaba detrás de ella, cubriéndola con su cuerpo y con la mano libre también apoyada en la columna, cerca de la de Fran. Escucharon cómo aquellos pasos se alejaban detrás del sonido de un fuerte portazo, pero ambos hacían por mantener la postura y no hacer ruido. Hasta que Fran susurró.
- ¿De qué nos escondemos? – Al fin y al cabo no veía nada, por no ver no veía ni a Enrique que estaba detrás de ella.
            Enrique tenía la cara cerca de la de Fran, tanto que podía reconocer aquel aroma que desprendía. Entonces Enrique respiró de forma que esta vez sí se le oyera y le susurró al oído, con los ojos cerrados.
- Ahora si lo aprecio… negro azabache.
            Fran se dio cuenta de que a partir de ese momento el peligro no estaba al otro lado de la columna, sino detrás de ella misma. La respiración y el susurro de Enrique la estremecieron, y no pudo evitar que él se diera cuenta. Fran cerró los ojos. Disfrutaba con aquella presión sobre su espalda. No quería saber qué pasaría después. Sencillamente quería dejarle hacer, que le sorprendiera. Enrique respiró una última vez el aroma de Fran y dijo:
-Venga, te presentaré a Chapí.
            Fran, algo decepcionada porque acabara tan pronto aquel arrebato de Enrique, asintió con un “vale” muy flojito. Ambos salieron de detrás de la columna. Enrique la guio hacia la tercera planta, donde había unas oficinas detrás de una gran cristalera. En un lateral, cerca de la escalera se leía un letrero que ponía “SOLO PERSONAL AUTORIZADO”. Estaba abierta. Iba a dar a otras escaleras. Subieron y finalmente llegaron a una sala pequeña que Enrique cruzó con paso decidido dejando atrás a Fran. Abrió una de las dos únicas puertas que allí había y que daba a una especie de trastero. Allí mismo, encima de una mesa, estaba el busto de un hombre desnarizado, y al lado, en una pequeña caja, un trozo de lo que parecía una nariz.
- Entra.- Le dijo Enrique.- Él es Chapí.
- Encantada.- dijo Fran haciendo una reverencia. – Es tal y como me lo imaginaba.
- ¿Cómo te lo imaginabas? – preguntó con sorpresa Enrique.
- Sin cuerpo.- Y ambos echaron a reír.
            Fran se puso a pasear por aquel cuarto y preguntó:
- ¿Dónde estamos? ¿Este es el taller del Auditorio?
- No, mujer, este es un… trastero, sin más.
- ¿Y qué hace nuestro amigo aquí? – Preguntó Fran señalando el busto del compositor.
- Bueno, digamos que somos pocos los que sabemos que está aquí. – Y sonrió levantando las cejas.
- Vaya, vaya… así que lo rompiste tú, malvado.- Le dijo Fran proporcionándole un pequeño empujón que hizo que Enrique diera un paso hacia atrás. – Pobrecito… ahora me cae mejor.
- Oye, - se defendió Enrique – fue un accidente.
            Fran se había acercado a un pequeño ventanal. Desde allí se veía la calle. Enrique se aproximó y con un tono sobreactuado y grave le dijo:
- Quiere la señorita ver las estrellas desde la azotea.
            Fran se giró con cara de ilusión.
- ¿Se puede?
Enrique se lo pensó un poco antes de contestar:
- No, en realidad no se puede.
- Pues entonces, sí quiero.
            Enrique se quitó la chaqueta y la colocó sobre los hombros de Fran.
- No es negro azabache, lo siento.- le dijo mientras la arropaba.
- Servirá. Gracias.

            Esta vez Enrique no le robó la mano, sino que se la solicitó mostrando la suya propia. Ella apoyó la mano allí y se dejó guiar. Salieron por la puerta de aquel cuarto y entraron por la de al lado. Esta daba a un pasillo muy largo que al final tenía una salida de emergencia. Por allí fueron a dar a una terraza de piedra con un pasamano también de piedra. Fran se asomó un poco y cerró los ojos. Notaba cómo el aire fresco de la noche le enfriaba las mejillas. Enrique no tardó en acercarse por detrás de ella como había hecho al esconderse antes en la columna, pero esta vez Fran no sentía presión alguna, solo una compañía sutil que la mantenía cogida suavemente por los hombros.

No hay comentarios:

Publicar un comentario