lunes, 12 de octubre de 2015

ABEJA ROJA - Capítulo 7

7.


El vigilante acercó la cara al cristal. Justamente lo que se imaginaba, otra parejita haciendo manitas en la azotea. Abrió la puerta y ambas siluetas se sobresaltaron.
- No pueden estar aquí. Por favor, acompáñenme.
            Enrique no dejó de mirar a Fran para contestar.
- Ahora mismo Antón.
- ¿Quién…? – Dudó por un momento hasta que Enrique ofreció su cara a la luz para que le viera – Oh, perdón señor – dijo al verle.
- Antón, sin formalidades.- Dijo Enrique separando ya su mirada de Fran y atendiendo al guarda. – Ahora nos vamos, no te preocupes.
- Una compañera había oído ruido y no se atrevía a subir a mirar, así que me ofrecí yo. Si no me armas alboroto te dejo las llaves de la eucaristía. – Antón rio de forma picarona y mostró su llavero como si fuera un ratón que acabara de apresar.
- Fran.- dijo Enrique. – Te voy a presentar a mi querido primo Antón - Haciendo caso omiso a lo que acababa de decirle.
            Ambos hombres rieron. No eran primos, ni siquiera lejanos, pero así se habían presentado siempre a las chicas que conocían cuando eran más jóvenes. Era ya una vieja costumbre arraigada, y el sentimiento era de mucha confianza desde entonces.
- ¿Señorita? – Dijo Antón acercándose a Fran y haciendo una reverencia.
- ¿Antón? – Respondió Fran dudando de la broma que aquellos dos podrían gastarle.
- Antón lleva trabajando en este Auditorio desde que se construyó. Él es quien tiene en custodia a Chapí.
- ¿Se lo has contado? – Preguntó Antón señalando con el dedo a Fran, pero ella aún mantenía la cara de sorpresa por el susto de Antón.
            Fran se dio cuenta de que aquella conversación podía alargarse si aquellos primos empezaban a contar sus batallitas. Decidió ser resolutiva y aprovechar la ocasión antes de que se esfumara la oportunidad de convertir aquella noche en una noche de dos. Fran agarró el dedo con el que Antón la estaba apuntando se acercó un poco más a él y le dijo.
- Sí, me lo ha contado. Dime… - Miró a Enrique que aún sonreía y bajó más el tono de su voz hasta conseguir un susurro para preguntar – Antón, ¿qué es  eso de la eucaristía?
            Antón rio y se zafó de la mano de Fran. Sacó una llave del llavero y se la entregó.
- Compruébelo usted misma – Dijo con rintintín - ¿Ve esa antena? – Dijo señalando una antena parabólica de gran tamaño sujeta en la pared que tenían a un lado – detrás hay una puerta. – Entonces miró a Enrique y siguió explicándole a Fran. – Vaya… vaya hacia allí y lo verá. - Acabó diciendo con tono tenebroso, poniendo a prueba a la mujer.
- Te acompañaré – se apresuró a decir Enrique, pero Antón ya le estaba advirtiendo con la mirada que no lo hiciera.
- No, ha de ir ella sola, ¿recuerdas, Quique?
- No… Antón… - pero el guarda le chistó y no dejó que terminara la frase.
            El tono excesivamente familiar que estaba tomando aquella conversación no le estaba gustando nada a Fran. Enrique y Antón ocultaban algo, pero no dudaría en descubrirlo. Ni corta ni perezosa tomó la llave, miró a Enrique, se mordió el labio ilusionada por la aventura y dio media vuelta delante de ellos con fuerza, de modo que su falda se levantó hasta la altura de sus muslos.

            Fran se colocó delante de la puerta. Era de metal y la pintura granate que la cubría se empezaba a levantar cerca de la cerradura. Encajó la llave y giró agarrando el pomo. Esperaba un olor a humedad, y oscuridad, pero cuál fue su sorpresa al notar algo mejor. “Huele a…” intentaba buscar en su mente el recuerdo de aquel aroma. Aquel lugar no estaba oscuro. El techo era una cristalera por donde se colaba la luz de la luna y dejaba ver la silueta de unas plantas. Fran seguía pensando en el olor “huele a…” y acabó diciendo en alto.
- Huele a…
- María – Dijo una voz detrás de ella.
            Fran se volvió.
- ¿Y Antón?
- Se ha marchado. Yo me encargaré de devolverle la llave.
- Enrique, ¿sois unos porreros? A vuestra edad… - y rio al escucharse ella misma diciendo aquello.
- No. - Dijo muy serio Enrique. – Tal vez Antón lo sea, pero yo no.
- Bueno, Enrique, tampoco es algo malo.
- Fran…
- ¿Sí? – Fran intentaba buscar un interruptor para ver mejor aquella especie de invernadero que Antón se habían montado en la azotea del auditorio. Cuando lo halló, se topó con la mano de Enrique que evitó que ella encendiera la luz.
- Fran. No deberíamos estar aquí.
- ¿Por qué? Nadie lo sabe… ¿Qué ocurre?
- Que esto no es la eucaristía.
- ¡Ah! ¿No?
- No – Respondió fríamente Enrique saliendo de nuevo hacia la terraza. Fran le siguió. ¿A qué venía aquel cambio de humor?
- ¿Qué ocurre? – Fran suavizó de nuevo su energía y se acercó preocupada a Enrique. - ¿Qué es la eucaristía?
            Enrique se volvió hacia ella, le cogió la llave que aún sostenía en la mano, cerró la puerta y la guardó en uno de los bolsillos de la chaqueta que le estaba sirviendo de abrigo a Fran.
- Al final de este invernadero que ha preparado Antón hay otra puerta que va a dar un cuartito. Allí habrías encontrado un colchón en el suelo, unas sillas, posters y…
- ¿Un picadero? – sonrió Fran. – Por favor, Enrique, ¿es eso? ¿Antón nos estaba ofreciendo un picadero? – Fran se echó a reír.
- Lo siento.
- No… - Intentó calmar Fran a Enrique, aún entre risas.
- No quiero que pienses…
- Pero si no lo pienso, Enrique… – Le cortó Fran – Antón sí, pero yo no.
            Fran se intentaba mostrar comprensiva, aunque estaba desconcertada. ¿Cómo podía ser que a Enrique le diera vergüenza aquello? Todo apuntaba a que desde hace años engañaban a las muchachas para ver las estrellas y luego las llevaban a lo que llamaban “la eucaristía” para meterles mano. O tal vez iban voluntariamente. Pero ¿qué más daba? Enrique se había ruborizado por ello. Fran no estaba familiarizada con los teatros y los artistas, pero Leo le había contado que en aquellos mundillos todos y todas eran bastante promiscuos. Claro, que Enrique debía de pensar que para alguien como Fran, a la que suponía algo más ilustrada que las personas con las que solía relacionarse él, tener preparado un cuarto para aquellos menesteres era una vulgaridad. Enrique quería impresionarla. Quería enseñarle lo mejor de su trabajo: la música, el glamur, la gente…
- Enrique…
Fran le miró a los ojos. Se desabrochó la chaqueta. Cogió las manos de Enrique y las colocó en su cintura, sobre aquel vestido negro bajo la chaqueta de él. Tomó aire y se acercó a su oído.
- … a mí también me gustas. – Terminó diciendo.
            Enrique giró la cabeza hacia ella notando cómo con la nariz rozaba aquella fina mejilla, y dejó un beso sordo pero cálido en la comisura de la boca de Fran. Ella giró entonces la cara, lo justo para tomar el aire que aún salía de la boca de Enrique. Suavemente entrelazaron sus labios y saborearon lentamente un beso que les mantenía pegados, respirando a la vez. Enrique rodeó con sus brazos la cintura de Fran, por debajo de su chaqueta. Fran colocó sus manos en el pecho de Enrique para controlar la presión de aquel abrazo. Fueron separando los labios lentamente sin mirarse, valorando el tan deseado momento. Enrique abrió los ojos, pero Fran permanecía con ellos cerrados. Subió las manos por la espalda de ella y acercó su cuerpo ahora con una presión a la que las manos de Fran tuvieron que sucumbir haciendo que estas treparan para asirse al cuello de Enrique.


            Enrique se acercó de nuevo a los labios de Fran, esta vez preparados para un beso más húmedo con el que colonizar su boca y la lengua por un tiempo indeterminado.


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