miércoles, 14 de octubre de 2015

ABEJA ROJA - Capítulo 9

9.

Enrique, aún con el móvil en la mano esperó en la recepción de la sala del palco municipal. Uno de sus compañeros de la ópera fue el primero en salir:
- ¿Todo bien Quique? La señora alcaldesa ha preguntado por ti.
- Ya dije que me surgieron unas gestiones importantes que hacer ¿Han comentado algo ahí dentro…?
- No, no, pero esta mujer no calla – Dijo el compañero mirado hacia donde se suponía que aparecería la alcaldesa. – Está obsesionada contigo. – Enrique rio.
- ¿Qué dices? Si no he hablado casi con ella…
- ¡Mi querido don José! – apareció diciendo una mujer.
- Ahí la tienes – musitó el compañero de Enrique, propiciándole a éste una palmadita en la espalda.
            La alcaldesa miraba con los ojos entrecerrados a Enrique mientras se acercaba a él. Cuando llegó a su altura ésta le dio dos besos y se agarró del brazo de Enrique para apartarlo un poco del resto de asistentes.
- Te hemos echado de menos querido Enrique. Bueno, yo especialmente.- Y sonrió bajo unos labios marcadamente perfilados y pintados de un tono rubí.
- Mi representante… - Intentó decir Enrique, pero la alcaldesa siguió hablando, como si se tratara de un monólogo.
- Imagino que los artistas hagáis negocios a cualquier hora, como los políticos. Y además cualquier tipo de tratos y relaciones, ¿verdad? Pero nos has abandonado, y no sé si te lo podré perdonar. ¿Se te ocurre algo? – La alcaldesa hablaba arrastrando las palabras y acariciando el brazo de Enrique de arriba a abajo.
            Enrique no podía creer lo que estaba viendo, aunque fuera una situación bastante familiar en ese tipo de eventos. Aquella mujer le había asaltado al final de un concierto y según su experiencia podía afirmar que estaba intentando seducirle. Podía oler el rastro de alcohol que dejaba la alcaldesa en su aliento. Normalmente en casos así Enrique valoraba la situación. Si la mujer era lo suficientemente interesante, si la conocía un poco, o bien si no tenía otra cosa que hacer, conversaba con ella y utilizaba las armas qué él mismo llamaba “de tenor” para hacer que la mujer se lo pasara bien con él y a veces incluso se dejaba llevar por la noche y acababa acompañándolas a sus casas. Pero lo que nunca permitía era que se le colaran en la habitación de su hotel.
            Enrique debía limitarse a sonreír y acompañar a la alcaldesa a la salida. Pero no se le ocurría qué decir. Si hubiera habido una cena al final de la obra, tal vez se habría sentado al lado de ella durante la velada. Si tuviera pendiente alguna otra actuación en la ciudad podría haber dirigido los comentarios hacia ese tema. Pero Enrique tenía otras cosas en la cabeza. Miraba el reloj del móvil nervioso.
- ¿Te espera alguien? – Preguntó de forma descarada la alcaldesa.
- Sí, pero le acompañaré a la salida. Sirva de breve paseo en el que espero perdone mi ausencia.
            No se trataba de lo que Enrique acababa de decir, sino de cómo lo había dicho, mirando a aquella mujer a los ojos y muy cerca. Sujetándole la mano con la que ella le cogía el brazo, inclinando un poco la cabeza y dejando como propina al final en forma de susurro, que solo ella pudiera escuchar un “¿vamos?”.
            Todos los que habían estado compartiendo el gran palco municipal siguieron a Enrique y a la alcaldesa por unas escaleras abarrotadas de personas que les iban dejando paso. Ella intentaba mantenerse derecha. No le salían más palabras, iba muda intentando mantener el equilibrio y la sonrisa delante de sus conciudadanos. Enrique intentaba que no se parara, para lo cual mantenía la vista entre los escalones y la mirada de la alcaldesa cada vez que esta se giraba hacia él para sonreírle con los ojos un poco entornados.
            Al llegar a la puerta principal se les acercó una pareja mayor. La mujer, de unos setenta años le dio dos besos apresurados a la alcaldesa, sin que ésta apenas pudiera moverse. Enrique aprovechó para liberar su brazo. Dio un par de pasos alejándose de la alcaldesa, a la cual cada vez rodeaba más gente que iba a saludar, pero ella miraba a Enrique. Éste se giró hacia ella, sabiendo que nadie le miraba a él, y le lanzó un beso sutil llevándose dos dedos a los labios para soplarlo después, le guiñó un ojo y sonrió. Antes de volver a darse la vuelta de camino a la salida del auditorio pudo ver que la reacción de la alcaldesa era la de cualquier mujer embriagada, cansada de la poca pasión de su marido y con ganas de una aventura. La alcaldesa sonrió abiertamente. Con ese beso ya era feliz. Tendría más oportunidades para abordarle.
            Enrique miraba a su alrededor, a ver si veía a Fran por allí. No había tenido respuesta de ella. ¿Habría visto el mensaje que la había enviado? Giró por la calle hacia la salida de artistas donde pudo ver que salían poco a poco los músicos de la orquesta que apresuradamente se marchaban hacia sus casas. Enrique aminoró el paso. Habían transcurrido casi los quince minutos que calculó que le llevaría el despedirse en el Auditorio y que había mencionado en su mensaje a Fran.
- ¿Subes? – Le dijo una voz femenina y serena. Al lado de Enrique había parado un taxi donde una mujer vestida de negro y una larga melena mantenía abierta la puerta de atrás.
            Enrique no veía bien quién era, así que se agachó un poco y pudo contemplar la silueta de Fran cómodamente sentada con las piernas cruzadas que le miraba.
- ¿A dónde se dirige? – Le pregunto Enrique cortésmente.
- Si sube, lo sabrá.
            Enrique subió al taxi mirando en todo momento a Fran. Ella en cambio, a sabiendas de que ahora le tocaba manejar la situación miraba al frente mientras el taxista conducía.
            Ambos llevaban en la mente lo sucedido en la azotea. Enrique observaba cómo las luces de las farolas iluminaban el cabello de Fran a su paso y entre sombras y contraluces adivinaba una sonrisa en su perfil.
            Fran continuaba sin mirarle. Debía mantener la intriga sobre Enrique, pero también su interés. Así pues Fran colocó su mano en el asiento del coche que compartían, entre ambos cuerpos. No le podía ver, porque se había negado a mirarle y los segundos que pasaron hasta notar cómo Enrique cubría aquella mano con la suya, se le hicieron eternos.
- Los cinco están cómodos.- Sonrió Enrique y dejó de mirar a Fran para mirar por la ventanilla del taxi. Fran se limitó a sonreír.
           
            Enrique estaba emocionado. Normalmente era él quien tomaba las decisiones cuando conquistaba a una mujer, y como tal lo hacía de forma que pudiera sorprenderla, y siempre lo lograba. Mantenía la incertidumbre camino de un restaurante y al llegar la mujer conquistada descubría un lugar romántico, a veces lujoso, y otros deleites inesperados. Otras veces conseguía averiguar dónde vivían ellas y por la mañana se encontraban flores en el buzón y una tarjeta con halagos, agradecimientos y una despedida. Una y otra vez, en diversas ciudades, había hecho que mujeres apasionadas del arte y la cultura escucharan algún aria susurrada al oído. Había mujeres que le invitaban a pasar una noche en su casa, fuera ésta una finca con jardín y piscina o un pequeño apartamento. Pero todas ellas quedaban embelesadas por los encantos musicales e interpretativos de Enrique.
            En esta ocasión, era Fran la que intentaba sorprender a Enrique. Se dirigían hacia las afueras, y si todo salía como ella esperaba podría proclamarse como ganadora del juego de seducción de aquella noche.
- ¿Bajas? – preguntó Fran a un tímido Enrique que seguía dentro del taxi con cara de admiración. – Venga… vamos…
- Pero… - Enrique asomaba la cabeza y no veía nada a su alrededor. – ¿Me has traído al bosque? – Enrique se apeó del coche y vio cómo este se alejaba.
- No te preocupes, luego llamamos a otro.- Fran tomó la mano de Enrique y echó a andar delante de él por lo que se suponía que era una especie de senda arbolada.
            A pocos pasos de donde les dejó el taxista empezaba a verse un halo de luz detrás de una tapia. Fran se giró hacia Enrique, que tenía más cara de susto que de ilusión.

- Espero que no temas mancharte… - Fran le miró de arriba abajo y terminó la frase – y que te guste la carne. Sígueme.

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