martes, 15 de diciembre de 2015

ABEJA ROJA - Capítulo 19

19.
            Besos y caricias iban cubriendo todo el cuerpo de Fran por su espalda. Ella, sin apenas poder ejercitar palabra alguna, intentaba frenar el deseo, parar las manos de Enrique, evitar que se apresurase y solo podía decir “para…” entre suspiros, con un significado de “sigue…” en su mente que dejaba claro en sus movimientos. Enrique la abordaba poco a poco. Cuando la notaba muy excitada, por su clara fatiga en la respiración, se separaba un poco de ella y con las manos acariciaba su vientre. Pero no podía evitar volver a besarla inmediatamente más ansioso. No pretendía que Fran se diera la vuelta, no quería que participara aún. Le satisfacía sentir en sus manos aquel poder que convertía a la mujer en sumisa. Callada y erizada entre sus brazos podía ser tan previsible como convertirse en una caja de sorpresas.
            Por el momento era previsible. Excitada, y tal vez aún un poco adormecida, Fran se movía sensualmente permitiendo que las manos de Enrique la recorrieran. Pero no podía adivinar si ella despertaría de aquel estado y se volvería hacia él o se dejaría llevar por completo hasta el final de un gran suspiro. Así que prefirió pensar que se estaba entregando de verdad y por lo tanto, una vez que había tomado la iniciativa, era toda suya. Se lo tomaría con calma y sacaría uno a uno los vientos de Pandora.
            Enrique fue conquistando beso a beso la columna de Fran mientras ella se agarraba de lado a la almohada. Al llegar a su cintura volvía a ascender, hacia su nuca, sujetándose esta vez en su costado, evitando hacerle cosquillas. Pero Fran se giró hacia Enrique. Tenía que besarle. Sentía que debía respirarle. Al cruzarse sus miradas, ambos cuerpos quedaron inmóviles por un momento. ¿Qué hacían allí? Desnudos y juntos. Muy juntos. Con ganas de seguir excitándose más y más, y con intención de resolver la intriga que ambos tenían sobre aquella fuerza que les impulsaba a frenar cada vez que avanzaban un poco, y a avanzar cada vez que los besos cesaban.
            Fran tomó entre sus manos la mandíbula de Enrique, se acercó a su rostro y le susurró:
- Bésame.
            Pero Enrique no pudo hacerlo. Tan solo tuvo tiempo a tomar aire y entreabrir la boca antes de que fuera Fran quien le besara a él. Se sentía dulcemente dominado bajo el rostro de ella, pero no tan sorprendido como esta podría imaginar porque él podía retomar la iniciativa con tan solo un movimiento de brazos. Fran se apoyaba sobre el pecho de Enrique y se dejaba seducir por su tacto y su tensión, pero volvía a sujetarle la mandíbula evitando que levantara la cabeza de la almohada, o al menos así lo veía ella. Enrique, por su parte, estaba dejando que Fran creyera que dominaba la situación, y sonreía entre los besos preparando el siguiente movimiento.
            Las campanas de la catedral empezaron a sonar. Fran miró hacia la ventana y Enrique aprovechó su distracción para abrazarla fuertemente y en un movimiento rápido hacerla rodar con él y dejarla bajo su cuerpo. El hombre volvía a ser el cuerpo dominante, volvía a marcar el ritmo lento del principio. Ella intentaba incorporarse buscando sus besos pero este se apartaba y negaba cómicamente con la cabeza dejándola con las ganas durante unos segundos para después apresarle los labios con los suyos.
            Fran quería avanzar deprisa por el camino del deseo. Notaba cómo su cuerpo, cada vez más indomable, la conducía hacia unas cataratas desde las cuales quería lanzarse. Pero Enrique evitaba con calma aquel desenfreno al que Fran parecía estar entregada. Presentía que la excitación matinal no la había permitido llegar a despertarse del todo, así que optó por separarse un poco más de ella y observarla mientras esta respiraba agitadamente. Al cesar los besos y las caricias Fran abrió los ojos. Delante de ella tenía el rostro de Enrique sonriendo. Al principio ella se mostró algo desorientada. ¿Por qué había parado? ¿Qué sucedía? Al ver aquella sonrisa que la miraba tardó poco en darse cuenta de que se trataba de un fantástico “Buenos días” que el éxtasis no le había permitido apreciar. Le parecía mentira que hubiera sido Enrique, desnudo encima de ella, quien la había despertado a la realidad, y esta se le hacía entonces más dulce y apetecible al verle.

            Habían dormido juntos sin hacer planes para el día siguiente. Pero compartir las horas como ellos lo hacían era muy entretenido. Fran dejó de pensar en el sexo y sonrió, esperando una decisión de Enrique, pues al fin y al cabo era él el que la había frenado. Él, al verla más tranquila se atrevió a bromear con su despertar:
- ¿Sabes dónde estás?
- Claro, en tu cama.
- Es que creo que estabas teniendo una pesadilla.
- No… En tal caso sería un sueño.
- ¡Pues vaya sueños más movidos que tienes! Seguro que se te ha abierto el apetito…
- No he tenido tiempo de pensarlo.
- Venga, comer y cantar, todo es empezar…
- Y de eso tú sabes bastante, ¿verdad? – Fran le guiñó un ojo.
- Te invito a desayunar.
- ¿Y qué hago con mi pesadilla? A mí me estaba gustando. – Rechistó.
- ¿No era un sueño?
- Bueno, se puede decir que se ha convertido en pesadilla…
- No será para tanto… ¡Vamos! ¡A desayunar!
            Enrique se levantó con energía de la cama y dejó en ella a una dudosa pero sonriente Fran. Ella se giró y se acurrucó de nuevo mirando cómo él salía del dormitorio. Una voz desde el salón le preguntó:
- ¿Sabes ya lo que te vas a poner?
            “¡Mierda!” pensó Fran. Solo tenía la ropa de la noche anterior. El vestido negro que había llevado al concierto. “¡Mierda!” se volvió a decir para sí. Se empezaba a ver en una situación algo ridícula. Era viernes, e iba a ir a desayunar con un vestido de fiesta. Un vestido que además tenía que ir a buscar desnuda. Miró a su alrededor, en busca de una camiseta o algo similar con que taparse. Alzó un poco la vista y… allí estaba su pashmina. Salió corriendo de la cama la tomó con una mano y se la enrolló alrededor del cuerpo. Se dirigió entonces hacia la sala para vestirse aprovechando que Enrique debía de estar en el baño, pero cuál fue su sorpresa al ver a este poniéndose la ropa de la noche anterior.
- ¿Vas a bajar a desayunar así? ¿Vendada como una faraona?
- No, claro que no, solo que… - respondió tímidamente ella.
- … no te apetecía andar desnuda por ahí, ¿eh?– terminó la frase Enrique.
- ¿Y tú? ¿Vas a llevar lo mismo que anoche?
- Como tú.
- Ya pero yo no tengo otra cosa. Tú puedes ponerte…
- Yo… - se acercó Enrique – me voy a vestir para la ocasión. Tú no tienes más que tu negro azabache para ir a desayunar, así que tómalo como un acto de compañerismo. – Y se dio la vuelta hacia el dormitorio, dejándola sola en medio del salón. Esta sonrió. Ciertamente era un detalle por su parte el no cambiarse, pero ella no habría hecho lo mismo…

            Fran cogió su ropa y fue al baño a asearse y vestirse. Cuando salió pudo ver a un pensativo hombre de traje oscuro mirando por la ventana.
- Ya estoy lista.
Enrique se volvió para mirarla. Estaba algo serio. Fran al verle palideció.
- ¿Sucede algo?
- Acaba de llamar mi representante. No pasa nada. ¿Nos vamos?
            Bajaron a la calle y a tan solo unos cincuenta metros Enrique abrió la puerta de una cafetería:
- Adelante señorita.
            Fran entró, pero justo cuando iba a sentarse al principio de la barra, Enrique le cogió la mano y la guio hasta el fondo de la misma.
- No, hoy desayunarás aquí.
            Fran estaba pensativa y empezaba a atar cabos. Ese “hoy” había sonado como si Enrique supiera que a ella le gustaba desayunar al principio de la barra. ¿Cómo lo había adivinado?
- Hola Pablo – saludó Enrique al camarero – hoy tomaré lo mismo que la señorita, así que ponnos dos cafés y unas rosquillas de anís.
            El camarero no respondió, pero sonrió ampliamente a la pareja y se fue hacia la cafetera. Fran por su parte no disimulaba su asombro.
- ¿Cómo sabes que desayuno eso? ¿Y conoces a Pablo? – Enrique la escuchaba y reía – Yo desayuno cada día aquí cuando salgo de la estación de tren. Antes de ir a trabajar. Todos los días. ¿No me digas que tú también…?
            Ella mantenía un dedo apuntando a Enrique. Un dedo acusador que apuntaba al que había sido fiel observador cada día de sus desayunos.
- ¿Quieres que te lo explique?
- ¡No! Ya sé qué sucede aquí. – Estaba emocionada por la sorpresa pero intentaba buscar una respuesta razonable a aquella situación. Demasiadas coincidencias… O tal vez no… - Por lo que veo tú también has estado desayunando estos días aquí. ¿No es cierto?

- Cierto.

Capítulo 20

No hay comentarios:

Publicar un comentario