martes, 15 de diciembre de 2015

ABEJA ROJA - Capítulo 19

19.
            Besos y caricias iban cubriendo todo el cuerpo de Fran por su espalda. Ella, sin apenas poder ejercitar palabra alguna, intentaba frenar el deseo, parar las manos de Enrique, evitar que se apresurase y solo podía decir “para…” entre suspiros, con un significado de “sigue…” en su mente que dejaba claro en sus movimientos. Enrique la abordaba poco a poco. Cuando la notaba muy excitada, por su clara fatiga en la respiración, se separaba un poco de ella y con las manos acariciaba su vientre. Pero no podía evitar volver a besarla inmediatamente más ansioso. No pretendía que Fran se diera la vuelta, no quería que participara aún. Le satisfacía sentir en sus manos aquel poder que convertía a la mujer en sumisa. Callada y erizada entre sus brazos podía ser tan previsible como convertirse en una caja de sorpresas.
            Por el momento era previsible. Excitada, y tal vez aún un poco adormecida, Fran se movía sensualmente permitiendo que las manos de Enrique la recorrieran. Pero no podía adivinar si ella despertaría de aquel estado y se volvería hacia él o se dejaría llevar por completo hasta el final de un gran suspiro. Así que prefirió pensar que se estaba entregando de verdad y por lo tanto, una vez que había tomado la iniciativa, era toda suya. Se lo tomaría con calma y sacaría uno a uno los vientos de Pandora.
            Enrique fue conquistando beso a beso la columna de Fran mientras ella se agarraba de lado a la almohada. Al llegar a su cintura volvía a ascender, hacia su nuca, sujetándose esta vez en su costado, evitando hacerle cosquillas. Pero Fran se giró hacia Enrique. Tenía que besarle. Sentía que debía respirarle. Al cruzarse sus miradas, ambos cuerpos quedaron inmóviles por un momento. ¿Qué hacían allí? Desnudos y juntos. Muy juntos. Con ganas de seguir excitándose más y más, y con intención de resolver la intriga que ambos tenían sobre aquella fuerza que les impulsaba a frenar cada vez que avanzaban un poco, y a avanzar cada vez que los besos cesaban.
            Fran tomó entre sus manos la mandíbula de Enrique, se acercó a su rostro y le susurró:
- Bésame.
            Pero Enrique no pudo hacerlo. Tan solo tuvo tiempo a tomar aire y entreabrir la boca antes de que fuera Fran quien le besara a él. Se sentía dulcemente dominado bajo el rostro de ella, pero no tan sorprendido como esta podría imaginar porque él podía retomar la iniciativa con tan solo un movimiento de brazos. Fran se apoyaba sobre el pecho de Enrique y se dejaba seducir por su tacto y su tensión, pero volvía a sujetarle la mandíbula evitando que levantara la cabeza de la almohada, o al menos así lo veía ella. Enrique, por su parte, estaba dejando que Fran creyera que dominaba la situación, y sonreía entre los besos preparando el siguiente movimiento.
            Las campanas de la catedral empezaron a sonar. Fran miró hacia la ventana y Enrique aprovechó su distracción para abrazarla fuertemente y en un movimiento rápido hacerla rodar con él y dejarla bajo su cuerpo. El hombre volvía a ser el cuerpo dominante, volvía a marcar el ritmo lento del principio. Ella intentaba incorporarse buscando sus besos pero este se apartaba y negaba cómicamente con la cabeza dejándola con las ganas durante unos segundos para después apresarle los labios con los suyos.
            Fran quería avanzar deprisa por el camino del deseo. Notaba cómo su cuerpo, cada vez más indomable, la conducía hacia unas cataratas desde las cuales quería lanzarse. Pero Enrique evitaba con calma aquel desenfreno al que Fran parecía estar entregada. Presentía que la excitación matinal no la había permitido llegar a despertarse del todo, así que optó por separarse un poco más de ella y observarla mientras esta respiraba agitadamente. Al cesar los besos y las caricias Fran abrió los ojos. Delante de ella tenía el rostro de Enrique sonriendo. Al principio ella se mostró algo desorientada. ¿Por qué había parado? ¿Qué sucedía? Al ver aquella sonrisa que la miraba tardó poco en darse cuenta de que se trataba de un fantástico “Buenos días” que el éxtasis no le había permitido apreciar. Le parecía mentira que hubiera sido Enrique, desnudo encima de ella, quien la había despertado a la realidad, y esta se le hacía entonces más dulce y apetecible al verle.

            Habían dormido juntos sin hacer planes para el día siguiente. Pero compartir las horas como ellos lo hacían era muy entretenido. Fran dejó de pensar en el sexo y sonrió, esperando una decisión de Enrique, pues al fin y al cabo era él el que la había frenado. Él, al verla más tranquila se atrevió a bromear con su despertar:
- ¿Sabes dónde estás?
- Claro, en tu cama.
- Es que creo que estabas teniendo una pesadilla.
- No… En tal caso sería un sueño.
- ¡Pues vaya sueños más movidos que tienes! Seguro que se te ha abierto el apetito…
- No he tenido tiempo de pensarlo.
- Venga, comer y cantar, todo es empezar…
- Y de eso tú sabes bastante, ¿verdad? – Fran le guiñó un ojo.
- Te invito a desayunar.
- ¿Y qué hago con mi pesadilla? A mí me estaba gustando. – Rechistó.
- ¿No era un sueño?
- Bueno, se puede decir que se ha convertido en pesadilla…
- No será para tanto… ¡Vamos! ¡A desayunar!
            Enrique se levantó con energía de la cama y dejó en ella a una dudosa pero sonriente Fran. Ella se giró y se acurrucó de nuevo mirando cómo él salía del dormitorio. Una voz desde el salón le preguntó:
- ¿Sabes ya lo que te vas a poner?
            “¡Mierda!” pensó Fran. Solo tenía la ropa de la noche anterior. El vestido negro que había llevado al concierto. “¡Mierda!” se volvió a decir para sí. Se empezaba a ver en una situación algo ridícula. Era viernes, e iba a ir a desayunar con un vestido de fiesta. Un vestido que además tenía que ir a buscar desnuda. Miró a su alrededor, en busca de una camiseta o algo similar con que taparse. Alzó un poco la vista y… allí estaba su pashmina. Salió corriendo de la cama la tomó con una mano y se la enrolló alrededor del cuerpo. Se dirigió entonces hacia la sala para vestirse aprovechando que Enrique debía de estar en el baño, pero cuál fue su sorpresa al ver a este poniéndose la ropa de la noche anterior.
- ¿Vas a bajar a desayunar así? ¿Vendada como una faraona?
- No, claro que no, solo que… - respondió tímidamente ella.
- … no te apetecía andar desnuda por ahí, ¿eh?– terminó la frase Enrique.
- ¿Y tú? ¿Vas a llevar lo mismo que anoche?
- Como tú.
- Ya pero yo no tengo otra cosa. Tú puedes ponerte…
- Yo… - se acercó Enrique – me voy a vestir para la ocasión. Tú no tienes más que tu negro azabache para ir a desayunar, así que tómalo como un acto de compañerismo. – Y se dio la vuelta hacia el dormitorio, dejándola sola en medio del salón. Esta sonrió. Ciertamente era un detalle por su parte el no cambiarse, pero ella no habría hecho lo mismo…

            Fran cogió su ropa y fue al baño a asearse y vestirse. Cuando salió pudo ver a un pensativo hombre de traje oscuro mirando por la ventana.
- Ya estoy lista.
Enrique se volvió para mirarla. Estaba algo serio. Fran al verle palideció.
- ¿Sucede algo?
- Acaba de llamar mi representante. No pasa nada. ¿Nos vamos?
            Bajaron a la calle y a tan solo unos cincuenta metros Enrique abrió la puerta de una cafetería:
- Adelante señorita.
            Fran entró, pero justo cuando iba a sentarse al principio de la barra, Enrique le cogió la mano y la guio hasta el fondo de la misma.
- No, hoy desayunarás aquí.
            Fran estaba pensativa y empezaba a atar cabos. Ese “hoy” había sonado como si Enrique supiera que a ella le gustaba desayunar al principio de la barra. ¿Cómo lo había adivinado?
- Hola Pablo – saludó Enrique al camarero – hoy tomaré lo mismo que la señorita, así que ponnos dos cafés y unas rosquillas de anís.
            El camarero no respondió, pero sonrió ampliamente a la pareja y se fue hacia la cafetera. Fran por su parte no disimulaba su asombro.
- ¿Cómo sabes que desayuno eso? ¿Y conoces a Pablo? – Enrique la escuchaba y reía – Yo desayuno cada día aquí cuando salgo de la estación de tren. Antes de ir a trabajar. Todos los días. ¿No me digas que tú también…?
            Ella mantenía un dedo apuntando a Enrique. Un dedo acusador que apuntaba al que había sido fiel observador cada día de sus desayunos.
- ¿Quieres que te lo explique?
- ¡No! Ya sé qué sucede aquí. – Estaba emocionada por la sorpresa pero intentaba buscar una respuesta razonable a aquella situación. Demasiadas coincidencias… O tal vez no… - Por lo que veo tú también has estado desayunando estos días aquí. ¿No es cierto?

- Cierto.

Capítulo 20

martes, 24 de noviembre de 2015

ABEJA ROJA - Capítulo 18

18.



                       Enrique permanecía pensativo. Fran le miraba, y aunque entendía que podía parecer que iban muy deprisa, y que tal vez fuera precipitado el acostarse juntos, no entendía cómo un hombre como Enrique pudiera dudar tanto a la hora de hacerle suya en la cama. Intentó no hablar de aquello y pensó en qué tema podría distraerle, para que se relajara.
- Yo no recuerdo haberte dado mi número de teléfono.
- ¿Qué? – Realmente Fran consiguió llamar la atención de Enrique y que este la mirase.
- ¿Cómo lo conseguiste? ¿A quién se lo pediste?
- Lo gracioso es que no tuve que pedirlo.
- ¿Cómo?
- Pues porque un alma caritativa me facilitó la información que necesitaba sin yo pedirla.
- Eso es imposible.
            Enrique empezó a reír frente a la intriga que estaba provocando en Fran. Disfrutaba viendo cómo esta ponía muecas barajando en su cabeza todas las opciones posibles y se imaginaba lo que estaría pensando “¿Quién demonios le habrá dado mi número de móvil a este?
- Fran, creo que tenemos un amigo en común.
- Sí, claro, eso debe de ser, ¿pero quién? Antes de la cena aquella… yo no conocía a nadie… Bueno, mi hermana… pero Leo no haría eso ¿Dices que te llegó la información sin pedirla? ¿Acaso te dejaron una nota en la puerta?
- No. Justo cuando me iba a dormir recibí un SMS donde me daban un número de teléfono que supuse que sería el tuyo, o al menos eso quería suponer.
- ¿Pero no lo sabías seguro?
- No, aunque tenía sentido que me lo enviara quien me lo envió.
- ¿Y quién fue? ¿Alguien que conozco?
- Parece ser que sí.
- ¿Pero quién? Dímelo…
- Se dice el pecado pero no el pecador.
- Por favor… - Y con pucheros Fran le dio un pequeño empujoncito a Enrique que este le devolvió.
- Mañana, cuando desayunemos, lo sabrás.
- Entonces ¿estoy invitada a quedarme a dormir de verdad?
- Si quieres… Pero yo elijo el lado de la cama. - dijo Enrique con gesto imperativo.
- Acepto.
            Fran le  extendió la mano para cerrar aquel trato. Enrique la tomó pero en lugar de estrecharla de forma cordial, la miró, y se la acercó a los labios para besarla.
           
            Volvía a sentirse seductor. De nuevo era él quien manejaba la situación. Tomo uno de los dedos de Fran y también lo besó. Paseó la yema del pequeño apéndice por sus labios, que fue entreabriendo hasta que el pequeño dedo se coló por el hueco húmedo de su boca.
            Fran sentía cómo la lengua de Enrique acariciaba suavemente su piel y cómo con la respiración el aire que lo rodeaba tornaba entre cálido y fresco. Enrique movía ligeramente la mano con la que sujetaba la de Fran, y sacaba y volvía a succionar cuidadosamente aquel apéndice tan femenino. Fran observaba entre suspiro y suspiro y a veces se cruzaba con la mirada seria de Enrique mientras él calculaba cada suave movimiento de labios y mandíbula, rozándole a veces la piel con los dientes y otras veces presionando con sus labios. Cada vez que Enrique succionaba un poco más fuerte, ella imaginaba varias partes de su cuerpo con las que desearía que Enrique procediera del mismo modo.
            Sacó entonces el dedo de Fran de su boca y mirándola fijamente se acercó para dejar un beso en sus labios. Al juntar las bocas Enrique volvió a succionar, como había hecho antes, pero mucho más ligeramente y poco a poco fue inclinando hacia atrás a Fran, hasta conseguir que quedara tumbada en la cama con su cuerpo casi encima de ella.
            Fran sentía entre sus manos el cuerpo de un hombre excitado y deseoso de su carne. En aquel dormitorio se respiraba cómo la ansiedad crecía y les envolvía sin evitar que la excitación aumentara entre ambos y fuera visible en sus cuerpos. Enrique se notaba libremente erecto bajo su toalla mientras que Fran estaba cada vez más húmeda debajo de la suya. Los besos y las caricias se escapaban a la razón. Tanto Enrique como Fran intentaban rozar la piel de uno con el otro y dejar que en aquellos movimientos las toallas que los cubrían fueran resbalando entre ambos. No prestaban atención a mirarse sino a sentirse con los ojos cerrados, disfrutando de cada rincón nuevo por descubrir.
            Entre la relajación de abandonarse al deseo y la atracción que se tenían llegaron a mirarse para sonreír y decirse así que estaban a gusto.
- ¿Podemos meternos en la cama?
- Debemos hacerlo. – Respondió él.
            Enrique se incorporó, pero Fran reptó por encima de la cama hasta llegar a la abertura de la misma, por donde se coló deprisa dejando fuera la toalla. Él apartó las sábanas por un lado y se acurrucó cerca de ella.
- ¿Y si me duermo?
- Es tarde, así que no me extrañaría. Puedes hacer lo que quieras…  Fran, siéntete como en tu casa. Ven aquí.
            Enrique colocó con cuidado a Fran a su lado, con la cabeza de esta apoyada en su hombro y haciendo que le rodease con su brazo. Guio los pies de ella hacia los suyos para calentárselos y se cercioró de que su cuerpo estuviera bien tapado con la sábana. Ella notaba el calor que desprendía Enrique y disfrutaba con el modo en el que él la arropaba a su lado. Cerró los ojos y la gran tranquilidad y placer que sentía la sumió en un sueño casi inmediatamente. Fran se durmió sin decir siquiera buenas noches, sin beso previo al descanso nocturno, sin una última mirada. Él también se relajó. Al día siguiente amanecería junto a una bella mujer, y muy deseable. Ambos estaban de vacaciones y no era necesario apresurarse en lo que al sexo se refería. Lo mejor era pensar en descansar, así que también se durmió, pero no sin antes imaginar cómo sería despertar con Fran. Tal vez ella amaneciera con ganas de hacer el amor ante los primeros rayos del sol de aquel viernes. O tal vez despertara con una sonrisa en la cama como si lo hubieran hecho por la noche. La llevaría a desayunar a la cafetería que había al lado de la estación del norte, a una manzana del apartamento de él, donde había ido a desayunar cada día durante los dos últimos meses antes de ir a trabajar al teatro. Pediría rosquillas, de las que llevan un poco de azúcar y anís, y sabía que acertaría. Estaba seguro de conseguir sorprender a Fran en el desayuno, y además haría que ella misma adivinase quién le había facilitado su número de teléfono.
            Lo que pasara después ya se vería. Y aunque Fran no se levantara tan de buen humor como él esperaba, sabía por experiencia que debía invitarle a desayunar, aunque solo fuera por educación, pero dependiendo de que tuvieran sexo matinal o no, y cómo fuera este, así decidiría para el resto del día. No eran horas de estar pensando si quien estaba en su cama era una amiga o una amante. Tenía a Fran, una mujer que le excitaba tanto por su cuerpo como por su forma de mirar y de decir las cosas, por su conversación y su mundo tan diferente al suyo, y esto último era lo que más le atraía. No se aburría con ella, porque sus puntos de vista frente a los temas de los que hablaban eran muy distintos y además era más abierta de lo que se podía esperar en una mujer que aparentaba ser bastante reservada. Ambos durmieron, al principio profundamente y luego desvelándose de vez en cuando. Cambiaban de postura pero intentaban permanecer en contacto bajo las sábanas. Finalmente acabaron cada uno a un lado de la cama hasta que empezó a amanecer.
            Enrique fue el primero en despertarse y al ver a Fran tan lejos de él, se acercó a ella por su espalda. Con cuidado de no sobresaltarla la abrazó por la cintura. Pudo escuchar un suspiro profundo de satisfacción y sentir un escalofrío en su cuerpo.
- Buenos días, preciosa. – Le susurró al oído.
            Fran sonreía pero permanecía muda. Se acercó pues un poco más, haciendo que los glúteos de esta quedaran sobre los muslos de él.
- ¿Estás despierta? – Volvió a susurrarle.
- Sí…
            Entonces Enrique la besó en el cuello. Fran había olvidado por completo que estaba desnuda y se sintió tímida y algo avergonzada. Pero los besos de Enrique se seguían uno tras otro por su espalda y evitaban que pensara demasiado. Notó entonces cómo parte del cuerpo de Enrique parecía querer escurrirse entre sus piernas. Sabía lo que era. Estaba excitado. Fran disfrutaba sintiendo arder el cuerpo de él por su espalda, e inevitablemente se dejó llevar por el ritmo que intentaban marcar sus caderas, hasta que ambos se encontraron bailando en un ligero vaivén. Fran iba estirando sus piernas y entreabriéndolas dejando paso libre a aquel roce que se iba acercando a sus genitales. Mientras él se entretenía proporcionándole decenas de besos y pequeños mordiscos por el cuello. Pretendía conseguir que esta se entregara antes de desayunar.

miércoles, 18 de noviembre de 2015

ABEJA ROJA - Capítulo 17

17.


            Fran miró hacia la camisa, tendida en el suelo. Tal vez Enrique no le permitiera ponérsela, por lo que no podría quitársela después como había dicho, a no ser que le diera una buena razón para jugar con ella. Sacó su ingenio mientras le besaba, pero esta vez apartándolo de su lado al terminar, y mirándole fijamente a los ojos.
- ¿Entonces puedo ponerme tu camisa?
- Si lo haces, te la quitaré… Pero por favor, no lo hagas… Aún estoy pensando cómo quitarte el vestido… Es una obra de ingeniería. ¿Dónde está la cremallera? – y cómicamente metió la cabeza debajo de uno de los brazos de Fran. Esta se apartó riendo y se levantó.
- No me la pondría sobre el vestido.
- ¡Peor todavía! – Enrique se giró en el sofá y se sentó cómodamente mirando hacia Fran – Una vez que te desnude… - Y la miró de arriba abajo.
- No hará falta que me desnudes. Yo misma lo haré.
            Fran había conseguido llamar su atención sin moverse. Se agachó un poco hasta alcanzar la camisa del suelo y se la llevó con ella hasta la ventana, aguantándole la mirada a un Enrique contrariado.
            Se trataba de un gran ventanal que daba a una gran avenida y desde donde se podía divisar casi toda la ciudad y al fondo el mar. Fran le dio la espalda a Enrique para poder mirar el gran bullicio bajo sus pies.
- ¿Puedes bajar un poco la luz?
            Enrique solo tuvo que estirar un poco el brazo y girar una pequeña ruedecita en la pared de forma que gradualmente consiguió una iluminación tenue. Desde donde él estaba se empezaba a confundir la silueta de Fran con su reflejo en el cristal y con las luces nocturnas de la ciudad.
            Ella se puso la camisa encima del vestido. El negro azabache era un palabra de honor con cremallera en la espalda. Coló las manos por debajo de la camisa y se lo desabrochó ella misma, manteniéndose de espaldas a Enrique. Él ya había adivinado lo que iba a pasar. Fran se quitaría el vestido y se quedaría solo con su camisa. Y así fue. Dejó caer el vestido sobre sus tobillos. Estaba muy cerca de la ventana para que Enrique no la viera. Sabía que la estaría observando intentando colarse entre las costuras. Intentando adivinar el resto de su lencería debajo de su camisa. Fran agachó la mirada hacia sus manos para empezar a abrochársela.
- No lo hagas.
            Vio entonces el reflejo de Enrique en el cristal. Ahora era ella la que podía adivinar la silueta de un hombre con el torso desnudo que se dirigía hacia la ventana. Decidió no girarse hacia él y esperar a medio vestir frente la ciudad. Ambos se miraban a través del reflejo. Fran permanecía muy quieta acariciando el último botón de la camisa. Enrique caminaba lentamente hacia ella. Se colocó detrás y le acarició la cabeza hasta llegar a la nuca. Le apartó el pelo, se acercó a su cuello y allí mismo la besó. Ella solo pudo percibir una caricia suave y húmeda que la estremeció. Enrique mostraba una dulce curiosidad en su voz.
- ¿Lo habías hecho antes?
- No.
- Entonces no te la quitaré.
            Volvió a besarla de nuevo en el cuello. Fran echó ligeramente hacia atrás la cabeza hasta encontrar el hombro de Enrique donde apoyarla. Se sentía sensual bajo la camisa de Enrique y casi desnuda frente a la ciudad, pero eso era excitante. Desprotegida sin su ropa, cubierta tan solo con el aroma de él, se veía más valiente que nunca para darse la vuelta, mostrarse desnuda ante aquel hombre y hacer el amor durante toda la noche. Pero fue Enrique el que la tomó de la mano y la giró hacia ella, y casi sin mirarla la condujo al dormitorio, iluminado tan solo con la poca luz que se colaba por la puerta desde el salón. Fran no rechistó. Sonreía a sus espaldas caminando a pasos cortos como una niña ilusionada. Enrique encendió la luz de una de las mesitas la miró y le susurró al oído:
- Ponte cómoda. Yo vengo ahora. – Y la dejó en el dormitorio sola.
            Fran miró a su alrededor. Había pasado de sentir una sensualidad que la invadía frente a la ventana, a no saber qué hacer, si meterse en la cama, quitarse la camisa, esperar sentada sin más a que Enrique llegara... ¿Qué estaría haciendo? Empezaba a sonar agua corriendo en el baño. “Se está duchando” pensó, y con gesto de desagrado se miró. La libido le desapareció en un solo suspiro. No se acercaría a Enrique recién aseado si ella no podía hacer lo mismo. Por muy bien que oliera todavía, nada sería comparable al aroma fresco con el que pudiera venir él. Pensó en abandonar. Ir a por su vestido y salir corriendo con alguna excusa. El agua seguía sonando de fondo. ¿Por qué no acercarse al baño y acompañarle en la ducha? Pero no tenía suficiente confianza como para presentarse en aquella intimidad. Decidió pues sentarse en una esquina de la cama a esperar, cruzándose la camisa para estar tapada cuando viniera Enrique. Cerró los ojos y pensó en él, en sus besos, sus suaves caricias, el ritmo que estaban marcando… la excitación de la azotea del auditorio, cuando Enrique apareció en la sala de los bustos, el primer mensaje en el móvil, la foto de la cena… y cómo no, la pashmina. Fran se giró para observarla, allí, colgada del espejo. Entonces se oyó una puerta. Enrique apareció con el pelo mojado y una toalla enrollada que le cubría medio cuerpo. Fran podía ver cómo brillaban aún algunas pequeñas gotas de agua en su torso.
- ¡Qué envidia!
- ¿Por?
- Te has dado una ducha.
- Sí, lo necesitaba. ¿Quieres darte tú una?
- ¿Puedo?
- Pues claro, ven.
            Enrique la tomó de la mano mientras ella intentaba sujetar con la otra la camisa para que no la viera en ropa interior. Entraron juntos en el baño. Enrique puso a Fran frente a él, le apartó la camisa y se la fue quitando despacio. Ante él apareció una tímida mujer que no se atrevía a mirarle, pero, como él ya había aprendido a interpretar aquellas sensaciones en ella, la tomó de nuevo por la barbilla.
- Entonces te esperaré yo. – Y se marchó.
            Fran, sorprendida por la cautela y comprensión de Enrique no quiso perder más tiempo. Buscó una toalla y abrió el grifo. Se quitó el sujetador y las braguitas. Dobló sus pequeñas pertenencias y las apartó. Ya desnuda se metió en la ducha y respiró el vapor del agua caliente. Intentó no mojarse la cabeza ni la cara, pero agradeció el tacto cálido de aquella agua cayendo por todo su cuerpo.
            Mientras tanto Enrique llevó el portátil con la música al dormitorio. Sacó una de sus camisetas limpias y la colocó sobre una silla. Aún con la toalla alrededor de su cuerpo, se sentó en la misma esquina donde minutos antes, Fran le había estado aguardando.
            Ella apareció en el dormitorio envuelta en una toalla blanca, descalza, con el pelo suelto y algunos mechones mojados. Enrique no se levantó. Permanecía sentado, mirándola. Fran se fue acercando a él, algo temerosa, pero segura de estar preparada para lo que pudiera venir: besos, caricias, sexo…
- Quiero preguntarte algo, Fran.
- Dime.
- ¿Quieres quedarte a dormir?
            Esta pregunta la desconcertó. ¿Qué hacían si no en aquel dormitorio? Pero midió sus palabras.
- Enrique, no haré nada que no queramos los dos. Tampoco te voy a decir “si surge…” No acostumbro a mantener reuniones de este tipo. ¿Tú qué opinas? ¿Quieres que me quede?
- Es que estoy pensando… que si hoy nos acostamos juntos… - Enrique dudó unos segundos – No quiero que seas una más. Me gustas.
- Menos mal.
            Estaba claro que se trataba de un juego que no podía conducir a una relación. Ambos desconocían cuándo volverían a verse. Pero parecía ser que Enrique dudaba de lo que podía opinar Fran. Normalmente las chicas con las que pasaba una noche le perseguían y agobiaban más adelante. No creía que Fran fuera como ellas, y le daba la impresión de que era una mujer decidida pero en otros ámbitos, y que aquella era la primera vez que se iba con alguien a quien conocía más bien poco. La deseaba, y quería disfrutar de su compañía, pero no acababa de relajarse. No quería estropearlo. Esos minutos en los que estuvo esperando a que Fran saliera de la ducha fueron suficientes para poner los pies en la tierra y pensar en el día siguiente.

- Enrique,  – Fran se sentó a su lado – estoy aquí porque quiero estar,  porque tú me has invitado. ¿Quieres hablar? Hablemos.

miércoles, 11 de noviembre de 2015

ABEJA ROJA - Capítulo 16

16.



            Fran se separó de Enrique. No pretendía que él la besara tal cual lo había dicho. La intención era jugar con el efecto de comunicarse sin decir nada. Le intentaba hacer saber su claro deseo por volver a besarle, aunque era un deseo evidente. De no haberse besado en el Auditorio, Enrique podría pensar que era una osada al pedir aquello, pero después de haber pasado unos maravillosos y extasiados minutos abrazados, esta petición no debería ser una sorpresa. Aun así, la cara de Enrique mostraba determinación, sin que Fran supiera el por qué. Ella se levantó del sofá y Enrique la siguió con la mirada. Tenía a menos de un metro de distancia a una mujer con sus bóxer de la suerte debajo de un elegante vestido negro, esperando que le relatara la historia que le había prometido sobre dicha prenda, y a su vez esperando un beso. La tomó por la cintura y la colocó delante de él. Permaneció sentado en el sofá. Sus rodillas rozaban la zona exterior de las de Fran. Ella permanecía derecha sin hacer nada, sin moverse, dejándose llevar. Enrique le levantó cuidadosamente el vestido sin que esta lo evitara. Tuvo que alzar los brazos para poder mantener a la vista aquellos floreados calzoncillos delante de su cara. Ella respiró profundamente y miró al techo. Sin tener en cuenta la ropa que llevaban, la situación era de lo más erótica. Fran sentía en su interior que él estaba muy cerca de su vientre. Y muy cerca de los bóxer. Y muy cerca de sus braguitas negras y de lo que estas escondían. Estaba muy cerca de ella. La miró, y aproximó su cara a una de sus piernas haciendo como si susurrase al virtual oído del bóxer:
- Bóxer de la suerte, haz que Enrique bese a Fran. Ella así lo ha pedido…
            Fran notaba el calor de la mejilla de Enrique en su muslo pero enseguida él se separó y un escalofrío la abordó. Ambos se volvieron a mirar a los ojos. La petición ya estaba formulada, pero ahora le parecía una simpleza. Un beso. Solo había pedido un beso. Tal vez hubiera debido arriesgar un poco más o ser más original. Enrique le podía dar un beso como ella había dicho, pero ¿acaso se percataría de que el beso que deseaba debía ser sensual? Casi como si se tratara de un nuevo beso. Un beso que aún no hubiera probado. No obstante todo lo que ella pudiera desear se quedaba con ella, alimentando una tensión que la satisfacía por el mero hecho de no obtenerlo inmediatamente, aun sabiendo que podía echarse a los brazos de Enrique sin que esto le sobresaltara.
            Desde el punto de vista de Enrique, Fran había sido muy clara. Quería más. Había accedido a subir a su apartamento, en principio solo para hablar, pero era evidente que entre ellos las palabras y los gestos los podían enredar de nuevo en una atracción imparable, y por qué no desembocar en un lujurioso desenfreno. Fran había abierto la veda para los besos y Enrique no quería desaprovechar aquella gran oportunidad de seducirla de nuevo. La sujetó por la cintura y la condujo a sentarse en una de sus rodillas. La situación se tensaba cada vez un poquito más. Guio las manos de Fran hacia su cuello, para que se agarrara. Reinaba el silencio. Terminaba de sonar una canción del CD y empezaba otra. Enrique, como esperando a que la música comenzara y una vez que estaba seguro de que ella estaba bien sujeta, la tumbó suavemente hacia atrás, hacia un lado, en el sofá. Empezaba a sonar “Kiss From a Rose”. Los coros acompañaban el movimiento sutil de Enrique colocando cómodamente a Fran, haciendo sitio a su lado para albergar ambos cuerpos. Muy cerca el uno del otro, como si la música le guiase, dirigió su mano con la letra del solista acariciando a Fran desde la cintura hasta debajo de la axila. Un camino de pocos centímetros por el costado, pero de tal sensibilidad que tuvo que cerrar los ojos para respirar. Sabía que Enrique la iba a besar, y estaba entregada sin queja alguna, sin rechistar. Llegó con su mano entonces al pecho de Fran, pero no lo tocó. Pasó la mano por debajo del brazo con el que ella aún se sujetaba al cuello de él. Aquellos cinco iban al mismo sitio, a la nuca de Fran. Bastaría una pequeña ayuda para acercarse a sus labios. Enrique la miraba fijamente. Una corta distancia que hacía que no solo notaran las piernas del uno al lado de las del otro, sino también el vientre. Enrique marcaba una respiración amplia que empujaba el pecho de Fran. Con ese contacto sensual de pecho con pecho él se iba acercando cada vez más, de forma que ella ya podía sentir el aire de su aliento en la cara. Un viento cálido que emanaba del sur, del ardor de todo su cuerpo. Y en una de esas bocanadas de aire él la besaría. Fran sentía el cuerpo de Enrique ligeramente apoyado sobre el suyo. Sus piernas desnudas estaban rodeadas por la fina tela del pantalón de Enrique, y sus pies fríos buscaban los de él.
            Enrique sujetó la cabeza de Fran y con preciso equilibrio, tensión y fuerza la acercó hacia la suya para beber de su respiración. Ambos saborearon el sabroso beso del deseo. La piel se erizaba en las piernas y brazos. Fran se asía del cuello de Enrique para sujetarse y para acercarse más a él. Pero Enrique ofrecía resistencia. La intención de él era tomarse todo el tiempo del mundo para acariciar los labios de Fran con los suyos. Besos cortos, después de los cuales se separaba un poco y la miraba. Mientras, ella mostraba su ansia con un gesto de esfuerzo para que fuera un solo beso, pero que no terminase nunca. Pero era Enrique el que dominaba la situación. Su cuerpo la obligaba a ser sumisa ante aquellos besos entrecortados que dejaba yacer él en sus labios. En uno de ellos tomaba el labio superior  y lo succionaba y cuando Fran le sujetaba el labio inferior, este se separaba para mirar la cara de deseo incontenido de ella. Enrique quería que Fran ardiera pero sin quemarse. Mantenerla bajo su cuerpo y sentir que le pertenecía. Controlar los impulsos de una mujer deseosa por descontrolar su control.
            Enrique cogió una de las manos de Fran y la colocó por encima de la cabeza de ella apoyada sobre el gran cojín sobre el que estaban recostados. Instintivamente Fran soltó también la otra mano y la colocó allí mismo también. Notaba con las puntas de los dedos que cada vez tenía el pelo más enredado, pero se sentía sensual. Enrique aprovechó para sujetarle las muñecas con una mano, mientras se apoyaba sobre la otra para descargar su peso. Los besos se sucedían tiernos, cálidos y blandos. La lengua de Enrique salió hacia la comisura de Fran. Dulcemente recorrió sus labios por dentro, notando las encías, dejando que esta abriera la boca. Luego fue Fran la que sacaba su lengua en busca de la de Enrique. Ambas bocas se sellaron en un beso abierto y húmedo de lenguas juguetonas. Las mandíbulas tensas se animaban por momentos a morder lo que encontraban en su camino. Fran echó hacia atrás su cabeza dejando a la vista el cuello. Enrique  le apartó los cabellos y aceptó aquella invitación para recorrer su piel desde el lóbulo de la oreja, depositando un camino de jugosos besos, recorriendo todo su escote, hasta llegar a la clavícula. La respiración de Fran hacía mover sus pechos tan cerca de los besos de Enrique que este empezaba a notar cómo ardía su pelvis con aquel vaivén.
            Enrique bajó una de sus manos hacia las piernas de Fran. Apoyaba por primera vez los cinco cómodamente en los muslos de aquella mujer que vestía su bóxer. Era erótico colar la mano por debajo de aquel vestido, pero no lo era tanto encontrarse con su propia ropa interior floreada, así que se separó un poco. Ella permanecía tumbada boca arriba con los ojos cerrados y respirando grandes bocanadas de suspiros al sentir cómo aquellas manos seguras se colaban por debajo de su ropa. Enrique agarró la cinturilla del bóxer y los fue bajando despacio, intentando no rozar la piel desnuda de Fran. Pero ella notaba los dedos de Enrique sujetando aquella prenda y rozando suavemente su piel, sus muslos, en dirección a sus rodillas. Enrique se apartó un poco más para poder bajarla del todo. Tuvo que recorrer al completo las piernas de Fran, hasta los tobillos, y sacarla por los pies. Dejó que cayera al suelo, y prestando ahora más atención a cada poro y lunar de las piernas de Fran, recorrió estas con su mano desde el empeine. Subía sus caricias hasta las rodillas, por la parte interior de las mismas, y seguía ascendiendo rodeando los muslos hacia las caderas de Fran. Al fin tenía ante él la ropa interior como había imaginado. Un bikini negro brillante que tapaba lo justo y recortaba su silueta por la ingle. Un pequeño lazo de raso abanderaba el vientre de Fran, zona que no podía evitar desear besar, y que besó sujetándola por ambas caderas.
            Fran se libró de la presión de las piernas de Enrique. Mantenía una doblada cerca del respaldo del sofá y la otra bajaba desde el sofá hasta el suelo. Enrique tomó aquel hueco entre las piernas de Fran como suyo y con un suave movimiento de pelvis encajó ésta justo sobre las braguitas de ella. Había suficiente tela entre ellos como para no tocarse, pero la justa para sentir el ardor del otro y la tensión sexual a impulsos que tomaban sus movimientos acompasados mientras volvían a besarse.
            La ropa empezaba a estorbar. El calor emanaba de la piel y de la respiración. Fran abrazó a Enrique por la cintura y fue tirando poco a poco de su camisa hasta sacarla. Metió los dedos por el pantalón y subió por toda la espalda presionando con las manos, recorriendo la columna hacia sus omoplatos. Entonces acercó las manos por el torso hacia su pecho. Sentía de nuevo el tacto del pelo que enredaba entre sus dedos y estiraba suavemente. Ahora ya podía tocar aquellos pequeños y duros pezones erizados. No quería pellizcarlos, simplemente pasaba los dedos cerca de ellos y los rodeaba dibujando círculos de placer para Enrique.
            Él se sentía arder. Notaba sus propios músculos tensos. Sentía las manos de Fran por debajo de su camisa y esperaba que esta se la desabrochase, aunque en aquel momento no le hubiera importado incluso que se la arrancara. Necesitaba mostrarle su pecho. Quería que ella lo viera. Deseaba que lo besara, como él había hecho antes con su escote. Se apoyó sobre los dos brazos para separarse un poco de Fran mientras esta le acariciaba, pero ella, como leyendo la mente de un hombre que sudaba deseo, sacó las manos de debajo de la camisa y empezando por el botón de abajo fue desabrochando uno a uno los botones de la camisa. Al llegar al último tomó esta y la apartó del cuello de Enrique. Se apoyó allí mismo con las manos para incorporarse y dejar en la bajada del esternón, un beso.
Enrique se quitó la camisa. Mientras ella seguía besándole y acariciándole el pecho. Tiró la camisa a un lado del sofá, pero al ver este gesto, Fran le miró con ojos cariñosos:
- No. Déjala cerca.
- ¿Acaso también quieres ponértela? Piensa… que te la voy a quitar.

Y la besó.

miércoles, 4 de noviembre de 2015

ABEJA ROJA - Capítulo 15

15.



            Enrique cruzó los pies con las piernas estiradas y puso las manos detrás de su cabeza. Era una postura cómoda, pero ante todo le proporcionaba una imagen de seguridad ante Fran para lo que le iba a proponer.
- No se me ocurre ninguna pregunta más. Creo que sería capaz de verte en ropa interior ahora mismo y no llevarme ninguna sorpresa.- Evidentemente Fran sabía que Enrique se estaba marcando un farol.- Con lo cual puedo decir que has cumplido mis expectativas. Ahora bien, me toca darte tu premio, pero… he de advertirte que no es gratis.
- ¿Premio? ¿Te refieres a enseñarme eso de lo que hablabas? Ten cuidado… A ver qué es… que yo no estoy tan segura de que no me vaya a llevar una sorpresa.
- Bueno, mujer, al menos si es grata…
- Sí, si es grata vale.
            El tema trataba de ropa interior y no esperaba que Enrique se quedara en paños menores delante de ella, aunque si lo hacía en aquel momento le iba a parecer un acto de simpatía más que de provocación.
- Entonces ¿Qué es lo que me vas a enseñar?
- He dicho que no será gratis…
- Y no me lo puedes decir antes, claro… ¿Es peligroso?
            Cada uno estaba sentado en un sofá, mirándose. Enrique pensaba en cómo enseñarle a Fran una de sus prendas de vestir más simpáticas. Fran por su parte estaba deseando que Enrique le pidiese hacer algo atrevido.
- No entraña peligro, no temas. Lo que te pediré es que hagas algo que yo hago de vez en cuando.
- Espero que no me pidas cantar…
- ¿Lo harías?
- Nooooo.- Se apresuró Fran.
- Bien, entonces me conformaré con que te pongas una prenda de ropa que yo te dé.
- ¿Grande o pequeña?
- Jo… Me pones en un compromiso. No sé responder a eso… Pero una vez que te la pongas, tú dirás si es grande o pequeña.
- Venga, ¿y qué es?
- Espera aquí.
            Enrique se levantó y fue al dormitorio. Abrió un cajón donde tenía un montón de prendas dobladas de color negro. Pero al fondo destacaba una tela de flores de todos los colores habidos y por haber. Sacó aquella prenda en cuestión, la extendió sobre la cama y volvió a la sala.
            Fran temía que iba a defraudarle porque no pretendía quitarse su vestido para andar jugando a los disfraces. Pero Enrique no traía nada entre sus manos ¿Qué era entonces lo que se tenía que poner? Enrique se sentó en el mismo sofá que Fran, pero al otro extremo. Agarró un cojín y lo abrazó como si fuera un peluche. Escondió la boca detrás de él y la miró tímidamente.
- Si te pones lo que hay encima de la cama, te cuento su historia. Te espero aquí.
- Vaya… así que tengo que ir al dormitorio…
            El camino hacia el dormitorio fue un camino lleno de temores excitantes para Fran. La puerta se encontraba abierta y la luz de la mesita de noche encendida. No imaginaba qué tipo de prenda debería ponerse, pero haría todo lo posible por poder llevarla sobre su vestido. Tal vez se tratara de una camisa, una corbata, un gorro… Enrique le había dicho que la esperaría en la sala, pero ¿cómo podía estar segura de que él no aparecería mientras ella se ponía su famosa prenda? Lo que sí que le atraía enormemente era entrar en su dormitorio, ver su cama, colarse en la intimidad de las noches de Enrique. Se acercó a los pies de aquella gran cama y vio la prenda.
- ¿De verdad que me lo tengo que poner? Espero que la historia lo merezca.
            Fran cogió aquella colorida, floreada y hortera prenda de Enrique y la levantó delante de su vista. No era demasiado comprometido ponerse aquello, por lo que pensó que sería buena idea aprovechar para cambiar algo también de su vestuario para darle un toque más sensual a aquella sencilla prueba por la que estaba pasando. Muchas veces había oído decir a sus profesores que una matrícula de honor no es para aquel que contesta en un examen con la respuesta correcta, sino para quien deslumbra con ella. Para sorprender a Enrique había que darle un poco más de lo que él había pedido. La quería ver con aquella pequeña prenda puesta, pero ella le mostraría algo más para sacar matrícula de honor.
            Fran tardó solo un par de minutos en prepararse para salir a escena y someterse al veredicto de Enrique, pero antes de abandonar el dormitorio quería ver cómo le sentaba el nuevo look. La lámpara no iluminaba mucho, así que para verse en el espejo debía acercarse a él. Se trataba de un gran espejo vertical con un marco de madera, situado al lado de la ventana, al otro lado de la cama. Cuando estaba a un metro de él pudo ver que la parte superior estaba cubierta con una tela que le era familiar. “Mi pashmina” pensó. La tocó, pero no la descolgó. Estaba colocada con estilo, cayendo por ambos lados del espejo como si fuera un pequeño telón. Recordó entonces aquel beso que Enrique había tenido intención de darle la misma noche que se conocieron. Le producía una rara sensación de placer que Enrique hubiera tenido presente su pashmina durante esos días. Cada vez que se hubiera mirado al espejo habría estado frente a ella. Era un detalle bonito, así que salió del dormitorio con decisión.
            Aminoró el paso antes de cruzar la puerta de la sala. Enrique tenía la cara apoyada en el cojín, que aún sujetaba entre sus manos, delante de su pecho. Estaba mirando el suelo pero en cuanto percibió la silueta de Fran levantó la cabeza. Quedó boquiabierto por lo que tenía delante de sus ojos. Fran se quedó frente al umbral mordiéndose el labio inferior y con las manos detrás. Llevaba su vestido negro, pero las piernas iban desnudas. Pisaba la moqueta descalza arqueando los pies hacia fuera. Su piel clara destacaba en contraste con el color negro del vestido. A simple vista Enrique no veía la prenda que había dejado encima de la cama.
- ¿Lo llevas puesto? - Fran asintió con la cabeza. - ¿Puedo verlo? – Y Fran volvió a asentir de nuevo.
            Ella se dobló un poco hacia delante, lo justo para agarrar el bajo del vestido y fue levantando este a medida que se incorporaba. Alzó el vestido de modo que Enrique pudiera ver sus piernas al desnudo, tan solo cubiertas con los bóxer de flores que Enrique le había dejado sobre la cama. Ninguno decía nada. Fran se mantenía sujetando el vestido, quieta, delante de Enrique, esperando algún comentario o alguna señal para saber que ya podía dejar de exhibirse. Pero Enrique disfrutaba como ese niño que ve por primera vez a una muchacha en paños menores. No así, sabía que si aquella situación se alargaba podía incomodar a Fran.
- Te quedan mejor que a mí. Son mis preferidos.
- ¿Preferidos? – Fran comenzó a mover la falda de lado a lado.
- Sí, me dan suerte. ¿No lo ves? ¿Habrá hombre más afortunado que yo ahora mismo con esta estampa a la vista? – Enrique levantó los dos brazos señalando a Fran.
- Tal vez me den suerte a mí ahora.
- Según ¿Qué es lo que quieres? A ver, pídeles un deseo. – Y volvió a agarrar el cojín con las manos, esperando que Fran mencionara algún antojo.
            Ella seguía sujetando el bajo de su vestido, pero colocó las manos en jarra. Giraba el cuerpo por la cintura, sin mover los pies, pensando, como si fuera a bailar una jota.
- Bóxer… ay Dios mío, qué ridícula me siento. A ver, deseo… - e inmediatamente movió la boca sin emitir sonido. Pensaba en su deseo y lo gesticulaba, pero no quería que Enrique se lo oyera decir en alto. No quería decirle directamente que lo que más le apetecía era volver a darle un beso. Tal vez dos. Tal vez uno largo. Fran deseaba besarle, pero entre otras razones su mayor deseo era saciar la curiosidad que le producía saber si aún sentiría estremecer su cuerpo tan solo al juntar los labios con los suyos, o ¿acaso la sensación placentera y excitante de la azotea había sido solo producto de la novedad?
            Enrique negó con la cabeza al ver que no podía escuchar el deseo de Fran.
- Así no se cumplirá.
- Siempre se ha dicho que los deseos no hay que pedirlos en alto para que se cumplan.
- Eso sirve con las velas de los cumpleaños, pero no con un bóxer de la suerte. Has de pedirle el deseo claramente. - Fran miró a Enrique seriamente al oírle. ¡Vaya excusa más tonta para sonsacarle un deseo! Pero aceptó el reto, aunque no sería fácil.
- No me atrevo a decírselo en alto. Porque tal vez tú podrías hacer porque no se cumpliera. – Fran se estaba asegurando de que Enrique hiciera precisamente por cumplir el deseo de ella con tal de llevar la contraria a dicho comentario.
- Vale, dímelo a mí. Yo hablaré con el bóxer de la suerte y haré como si no he oído nada.
- ¿Estás de broma? Vale, pero debes olvidar lo que te diga una vez que se lo pidas. Para que se cumpla, y solo para eso.
- Claro, claro. A ver, dime. En un minuto lo habré olvidado todo.
            Fran soltó la falda. Se acercó al sofá y se sentó en el reposabrazos, al lado de Enrique. Se sujetó con una mano al respaldo y la otra la apoyó a modo de pantalla al lado de la oreja de él. Fran acercó sus labios para susurrarle al oído:
- Quiero un beso de Enrique, pero no quiero que él lo sepa.

            Enrique la miró a los ojos. No estaba seguro de si le había excitado más el contenido de aquella frase o el aire cálido de su boca cerca de su oído, pero evitó besarla en aquel momento. 

viernes, 30 de octubre de 2015

Vístete que nos vamos de paseo

Yo elijo por donde ir, puedes acompañarme si quieres. Siempre puedes ser una buena compañía para mi viaje.

Puedes darme la mano para que no me caiga.
Puedes avisarme de los peligros que yo no vea.
Puedes leer mis pensamientos cuando yo no acierte a hablar.
Te dejo que acaricies mi pelo cuando repose cerca.
Te dejo que me mires mientras duerma.
Te dejo que me hables de ti.
Prometo no besarte si no lo deseas.
Prometo no escucharte cuando lo que digas no sea para mí.
Pero no prometo no encaramarme a tus brazos, no prometo no encariñarme, no prometo no desearte, no prometo olvidarte.
No puedo prometer lo que no sé si puedo cumplir. No quiero cumplir contigo.
Déjame ser yo, pero no me dejes cuando lo sea.

Intentamos converger en una línea recta, pero dos líneas curvas pueden cruzarse muchas veces, mas nunca convergerán, y si lo hacen en un punto, en el siguiente ya se estarán separando, para, ¡a saber cuándo! volverse a encontrar.

Así que, pasea a mi lado y disfrutemos de nuestra breve tangencia.

jueves, 29 de octubre de 2015

ABEJA ROJA - Capítulo 14

14.



      Sonaba una guitarra. Fran escuchaba con los ojos cerrados y mueca de placer. Sabía que Enrique estaba cerca, seguramente observándola, probablemente sentado en el otro sofá, posiblemente esperando que ella se incorporara para empezar a charlar. Pero Fran no solía hacer lo que se esperaba de ella. Solo en el ámbito laboral podía ser predecible, que para eso tenía un jefe y muchas responsabilidades. Estaba de vacaciones y eso significaba no tener más ley que una, la de disfrutar de las veinticuatro horas del día sin obligaciones. Fran disfrutaba con la música que no conocía, mucho más que con la que ya había escuchado alguna vez, y aquella canción que estaba escuchando no le sonaba de nada, pero le gustaba. Respiraba en el aire una tensión más sensual que sexual, y disfrutaba de aquella situación desconocida a la par que agradable.
            Enrique pensó que aquella primera canción que sonaba era ideal para contemplar a Fran mientras paseaba por el salón del apartamento. Se trataba de un disco grabado con canciones que le gustaban pero que nada tenían que ver con su repertorio operístico ni con el género lírico. Sonaba The beautiful ones y sabía que Fran no estaba dormida, y de haberlo estado se habría despertado con la música, era evidente, pero quedaba mucha noche por delante. Seguramente Fran estaba simulando estar dormida pero no le importaba la música. Probablemente estaba encogida para dejarle hueco al final del sofá, tal vez para que él se acercara, posiblemente esperando que le dijera algo. Enrique solo quería suponer lo mejor y aquella tierna imagen le hacía sonreír.
            Fran había entrado en calor, estaba cómodamente recostada sin que nadie le estorbase, pero en la misma habitación que un hombre al que horas antes había besado y que había logrado excitarla. Disfrutaba escuchando por primera vez aquella música que él seguramente había escuchado ya muchas veces. Disfrutaba pensando que cerca de ella estaban los brazos que la habían rodeado y estremecido esa noche. Disfrutaba temiendo y deseando que Enrique la besara de nuevo por sorpresa. Disfrutaba cada segundo de incertidumbre y se sentía sexy frotándose un pie con el otro. Estaba convencida de que Enrique la miraba, debía de estar haciéndolo, aunque no dijera nada. Ella no iba a abrir los ojos para comprobarlo, pero se sentía observada, así que debía mostrar su sensualidad sutil ante los ojos de aquel hombre. Se fue estirando en el sofá hasta ocuparlo casi por completo, sabiendo que al extender las piernas el vestido se le quedaría recogido bajo los glúteos por haber estado encogida hasta entonces, pero no haría por volver a taparse con el vestido para ocultar la parte de los muslos que ahora quedaban a la vista de Enrique. Mantenía las manos sobre el vientre, con los dedos entrecruzados, cual momia que descansa en su sarcófago. Se sentía como un gato dócil boca arriba, dispuesta a casi cualquier cosa que pudiera ocurrir, y así esperaba que la viese Enrique, aunque la primera idea hubiera sido subir pero solo hablar.
            Enrique miraba los pies de Fran. Los dedos se movían como queriendo salir de aquellas medias negras. Empezaba la segunda canción I’ve been loving you too long, y vio cómo entonces Fran abría los ojos. Desde donde ella estaba no podía verle, así que él alargó el brazo hacia la nuca de ella y acariciarla, sin levantarse del sofá, para que supiera que estaba justamente detrás. Fran se giró para poder mirarle, suspiró y volvió a cerrar los ojos.
- ¿Te has dormido? – Preguntó Enrique, que sabía que debía de haber estado despierta.
- No, claro que no. Estoy disfrutando de la música.
- Me alegro que te guste.
- ¿Sabes qué es lo que más me gusta? Que no la he elegido yo y me gusta. Redundante, ¿verdad?
- Bueno, a mí me gusta que te guste lo que a mí me gusta. Eso es más redundante.
- Me gusta que te guste que me guste la música que te gusta.- Dijo Fran abriendo solo uno de los dos ojos, y mordiéndose la lengua.
- Vale, tú ganas. – Enrique se echó hacia atrás en su sofá, el que Fran no había ocupado. Se escurrió un poco hacia abajo, puso un cojín pequeño en la zona lumbar, estiró las piernas hacia delante, un poco separadas, con sus dedos desnudos hacia arriba y cerró los ojos antes de seguir hablando.- Y hablando de redundancias, no quisiera ser repetitivo, pero… habíamos quedado en hablar de un tema en concreto.- Fran empezó a sonreír viendo la estampa tranquila de Enrique e imaginando a qué se refería.- ¿Llevas liguero?- Enrique abrió un ojo y levantó la ceja al decir esto.
- No.
            Fran se incorporó. De nuevo prescindió de colocarse la falda del vestido, que cada vez quedaba algo más arrugada y remangada, mostrando sus piernas un poco más, casi al completo. Apoyó sus manos en el asiento, haciendo un amago de levantarse. Miraba fijamente por primera vez los pies desnudos de Enrique. Fue recorriendo con la mirada las piernas de este, hasta llegar al cinturón. No quiso detenerse mucho mirando aquella zona para que Enrique no se percatase de que lo que estaba estudiando era en realidad el volumen que tomaba el pantalón del traje a la altura de la cremallera. Así que para tomarse un poco más de tiempo y disimular, le preguntó.
- ¿Te quitas los calcetines y no el cinturón?
- No me molesta.
            Pero Enrique ya empezaba a imaginar que Fran iba a hacer algo. Desconocía el qué, pero esperaba estar preparado para casi cualquier cosa. En su mente veía a Fran acercándose, remangando aquel vestido negro y abriendo las piernas delante de él para sentarse encima de él, de frente, besarla y sentir sus piernas rodeándole. Pero sabía que aquello hubiera sido más probable con otra persona menos contenida que Fran. No es que se hubiera mostrado muy recatada hasta el momento, pero sabía que no era una descarada. Se habían besado pero, aún en aquellos arrebatos de pasión vividos en la azotea, ambos se habían comportado con cautela, avanzando poco a poco y a la vez.
            Fran pudo ver que la zona que intentaba imaginar debajo del pantalón parecía estar bien sujeta, pero no acababa de deducir si llevaría un eslip o bien llevaría algo de pernera. Fue alzando la vista por los botones de la camisa y pronto descubrió un trocito más de piel al que prestarle atención. Allí empezaba a asomar un poco de pelo del pecho, tal y como había imaginado al pasar la mano por aquella zona. Efectivamente no tenía ante sí a un hombre depilado, pero tampoco se trataba de un hombre lobo, como ella los llamaba. También se percató de los antebrazos que ahora lucía descubiertos y de sus manos. La imaginación de Fran quería desabrocharle la camisa para ver más, pero debía mantener la compostura. Ella misma había dejado claro que subiría al apartamento de Enrique para hablar. Aunque algo había que hacer. “Ropa interior” pensó Fran “su atención está puesta en hablar de ropa interior para que me enseñe algo ¿qué me enseñará?” Fran decidió abrir el juego de preguntas y respuestas rápidas con el tema de la lencería, aun sabiendo que, en contra de lo pactado, aquella conversación podía terminar con sus imaginaciones hechas realidad.
- Enrique, ¿quieres preguntar algo más sobre mi ropa… interior?
- ¿Puedo?
- Ya te dije que sí ¿qué problema hay?- Fran se recostó hacia atrás en el sofá, imitando la postura de Enrique y dejando sus pies cerca de los de él.
- Vale, déjame pensar.
- No te lo pienses mucho. Puedo tener respuesta para todo, por eso no te preocupes. Y si no, siempre puedo ser yo la que se tome más tiempo para contestar.
- Venga, vale. Pero has de ser sincera.
- Claro, de eso se trata, si no no tendría gracia. Además también yo te preguntaré a ti, no lo dudes.
- Uy… uy… uy… qué peligro.
            Enrique parecía algo temeroso por no saber muy bien a qué se enfrentaba, pues parecía que Fran estuviera ya entrenada en ese tipo de conversaciones, pero él no, al menos no con una mujer.
- Empieza tú, si quieres.
- Bien, mi pregunta es la siguiente, a ver… tus medias…
- ¿Sí?
- ¿Son de esas que se llevan con liguero o de las que llegan hasta la cintura?
            Fran se rio ante aquella típica pregunta de chicos, y respondió como muchas otras veces le había tocado responder:
- Las que llegan hasta la cintura no son medias, sino pantys, aunque nosotras mismas llamamos medias a todas. Pero no, hoy llevo medias, y no, no llevo liguero. Se sujetan solas con una tira de silicona.
- ¿Silicona? Y eso ¿cómo es?
- ¿Quieres verlo?
- ¡Claro!
            Ambos se rieron. Enrique no esperaba haberle pedido aquello a Fran nunca al menos tan descaradamente, pero se lo había puesto en bandeja y creía que no estaba de más aprovechar la oportunidad.
            En cambio Fran no iba a enseñar sus muslos desnudos gratuitamente y sin antes provocarle un poco más, y menos si era tan solo para que él viera unas simples tiras de silicona.
- Pero esto va de preguntas, no de jugar al strip-poker.- Respondió Fran, y se colocó un poco la falda del vestido para ser más convincente al mostrar su negativa. – Me toca a mí. A ver… ¿cuál es tu color preferido para la lencería femenina?
- ¿El negro?
- ¿Me lo preguntas? ¿Es el negro o es otro color?
- Bueno, hoy mi color preferido es el negro.- Respondió Enrique con picardía. – Pero no sé si hoy me gusta de encaje… ¿Tú qué crees?
- Que sí, que ya lo he entendido…
- Pero tienes que responder, esa es mi siguiente pregunta.- Le apresuró Enrique.
- De encaje no. Digamos que liso y sencillo, así que no estoy segura de que te guste.
- Sí, has acertado, mi respuesta a tu pregunta anterior es negro liso.
- Vaya morro que tienes.- Fran sabía que las preguntas no eran peligrosas. Enrique sabía jugar.- Me toca, pero déjame pensar. Aunque si a ti se te ocurre otra pregunta…

            Enrique deseaba llevar aquella conversación un poco más al límite. Pero una vez que ya sabía cómo era la ropa interior que llevaba Fran, no se le ocurría por dónde podía avanzar para conseguir alguna nueva declaración de esta. Pensó entonces en enseñarle lo que le había prometido, pero no sin antes acordar un trato un poco más arriesgado que charlar sobre ropa interior.